jueves, 28 de agosto de 2014

LA SEGURIDAD DE FEDERICO

AGOSTO DESCEREBRADO

ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, os dejamos el octavo cuento desarrollado con RAFAEL GERICÓ.


Rafael Gericó

LA SEGURIDAD DE FEDERICO

Había una vez una tortuga que se sentía muy segura de sí misma. Y vosotros os preguntareis, seguramente, a qué era debida esta seguridad. Pues bien, a continuación voy a contaros la historia de la tortuga Federico y sabréis a qué me refiero:
Resulta que Federico, después de muchos sacrificios, había conseguido pagar su vivienda. Y esto le proporcionaba mucha confianza. ¡Cómo! ¿Que no sabíais que las tortugas también pagan hipoteca? Pues sí, debéis de saber que todas las tortugas no solo tienen que pagar mensualidades al banco, sino que también pagan el impuesto sobre los bienes inmuebles y  demás cargas que como todo propietario cotiza al Ayuntamiento por tener un bien en propiedad. Bueno, a decir verdad, hay dos cosas que no pagan, una de ella es la comunidad y la otra es el ascensor. Pero esto es por razones obvias que son fáciles de comprender, pues  todas las tortugas viven en el entresuelo del chalet que remolcan. Pero por lo demás, como cualquier hijo de vecino. Como os iba diciendo, resulta que esta confianza que le aportaba tener la vivienda en propiedad le repercutía en muchos aspectos de su vida. Le repercutía por ejemplo en el caminar. Desde que Federico había terminado de pagar el último recibo de la hipoteca su forma de caminar había ganado prestancia, no sé cómo explicarlo. Había ganado, había ganado más aplomo, ¿me comprendéis? Antes su paso carecía de estilo, era un paso  pausado y torpe, ¡puf! Ahora era ligero como si no pesara nada. En dos palabras, más elegante. Por otra parte, las notas en el colegio habían experimentado una considerable mejoría. Aquel aporte de firmeza le repercutía en el poder de concentración y retención de las lecciones. También se le conocía aquella mejora en el éxito con las hembras,  debido a que había aumentado de forma exponencial. Antes no se comía una rosca. Las féminas lo evitaban y, después de adquirir la vivienda no paraba de salirle rollos con bellas tortugas que antes ni se le hubiera pasado por la cabeza atacarles. Y mucho menos  proponerles eso, eso que ya saben... Otra de las cosas que había cambiado era el gusto por los deportes de riesgo. Y esto fue lo que le iba a trastocar el curso de su vida. Me explico: resulta que a raíz de ir más suelto económicamente se apuntó en una Asociación de Montañeros para practicar eso que llaman "puenting", (para el que no lo sepa, el "puenting" es aquella actividad lúdica que consiste en que sus practicantes se tiran desde un puente). Pues bien, uno de los domingos que subieron a uno de ellos para practicar este deporte,  después de que sus amigos saltaran, se puso el arnés, se encordó a toda prisa, ató el extremo de la cuerda a la barandilla, se encaramó al filo del precipicio y saltó. Como estaba un poco gordito y  la cuerda era elástica, cuando la soga llegó a su máxima extensión, cedió más de lo previsto y  fue entonces cuando se golpeó contra las rocas partiéndose en dos su concha.
Federico se quedó desnudo y sin casa. Tenía  entonces 10 años, que para una tortuga significa todavía estar en la infancia. Cuando sus compañeros lo vieron allí tirado en el suelo temblando de frío y con un ataque de longevidad aguda con temblores aritméticos acompasados, se asustaron tanto que bajaron rápidamente a socorrer a su amigo. Intentaron meterlo en el coche para llevarlo al Hospital a toda prisa. Pero, aquello no hizo más que aumentar por 10 las consecuencias de aquel aparatoso accidente. Una vez se repuso de la crisis y de las pequeñas heridas que le produjo el percance, Federico volvió a su casa enfundado en dos camisetas. Pero ya no sería nunca más aquel Federico que desbordaba seguridad en sí mismo. Ahora todo le producía temor. Ahora era un mar de dudas. Ahora ya nada era igual. Aquel golpe no solo le quitó su casa sino que le rompió por dentro.  Debajo de aquel puente se quedó la llave de su triunfo en la vida que era la fe en sí mismo. Cuando se enfrentaba a un examen, se quedaba en blanco a pesar de que se lo había preparado a conciencia. A partir del accidente el éxito con el sexo opuesto fue disminuyendo paulatinamente hasta quedar en nada. A partir de aquel horrible día su andar volvió a ser tan aparatoso como antes de la compra de su chalet, he incluso se podría decir que caminaba peor. En fin, cuantos más fracasos tenía Federico, su autoestima más bajaba y más nervioso se ponía cuando tenía que enfrentarse a las dificultades. Y cuanto más nervioso se ponía al enfrentarse a los problemas, peor le salían las cosas. A partir del  aquel incidente se refugió en la familia y especialmente en su padre al que idolatraba. Nuestra tortuga entró en una espiral de la que era imposible salir  sin ayuda. Pero no encontraba una mano amiga que le comprendiera. Los sucesivos fracasos fueron frustrando sus deseos de terminar una carrera a pesar de que era un estudiante excelente. A los 15 años le volvieron a repetir los ataques de longevidad aguda con temblores aritméticos acompasados, pero esta vez eran más fuertes y más habituales. Acudió a infinidad de chamanes y todos le dijeron que su enfermedad le acompañaría toda la vida a no ser que consiguiera encontrar la flor blanca de la paz. Le dijeron que aquella flor sólo crecía en un jardín en la más alta cumbre de lo profundo de cada ser vivo. Y que para encontrarla, tenía que emprender un largo y peligroso viaje hacia su interior. A lo que él preguntaba:
−Sí, bueno, pero ¿dónde se coge el billete? ¿Dónde está la estación para ir hacia adentro? ¿Cómo se hace eso?
Pero nadie tenía las respuestas a estas preguntas. A los 16 años empezó a trabajar en primer lugar recogiendo fruta. Después repartiendo la correspondencia bancaria. Más tarde en la logística de una almacén alimenticio, pero en ninguno de ellos duró mucho tiempo porque cuando se daban cuenta de su problema, o lo echaban, o él mismo se iba sin esperar a que sus jefes lo pusiera de patitas en la calle. Pero aquí no terminaron sus problemas porque, como es natural, un día su padre murió y más tarde su madre. Entonces, Federico se quedó solo. Ya no tenía a nadie a quien acudir cuando estaba triste y desamparado. Bueno sí, tenía una hermana que estaba casada y con hijos, pero ella tenía sus propios problemas y aunque en algunas ocasiones le ayudaba, Federico no quería abusar de la buena voluntad de ésta. Así que cuando cumplió los 25 años, partió a la búsqueda de aquella flor blanca que los chamanes le habían nombrado, aquella flor que estaba dentro de él. Cruzó montañas. Cruzó océanos. Anduvo por selvas, desiertos, estepas y conoció todo tipo de culturas y seres vivos. Hasta que un día; tuvo la suerte de parar en un  poblado en el que vivía alguien que sí  conocía estas flores. El poblado estaba en el fondo de un valle precioso cuyo nombre era  Nuria. En el lugar reinaba una paz y una armonía realmente misteriosa. Se llamaba Atecea, allí  encontró a una ardilla druida que adornaba su testa con un gorro puntiagudo, vestía túnica blanca y portaba en su mano un palo largo a modo de báculo. Ésta  nada más verlo, con voz fina, le dijo:
−No temas. Sé lo que buscas y yo te puedo mostrar el camino.
Al oír éstas palabras, Federico se asustó pues aquel roedor arborícola no le conocía de nada. Pero así fue. En un principio no estaba muy convencido de las buenas intenciones de la maga.  Pero poco a poco y día tras día fue comprobando que lo que le decía la extravagante druida surtía efecto para bien. Fueron muchos los kilómetros que tuvieron que recorrer juntos dentro de Federico. Fueron muchos los peligros a los que se  tuvieron que enfrentar. Y a medida que se acercaban al lugar en donde se encontraba ese jardín al que se referían los chamanes de su infancia y adolescencia, la tortuga iba sintiendo dentro de su corazón  un calor inusitado. Un calor que nada tenía que ver con el bien estar que sintió al tener su chalet pagado. Era una seguridad que no nacía de la posesión de algo sino que era una certeza en sí mismo, en su desnudez, por lo que él era sin bienes inmuebles, sino en cuerpo y alma. Y entonces, un día apareció la flor ante  él,  y se dijo Federico a sí mismo:
−Si siempre había estado ahí, ¿cómo es posible que nunca la hubiera visto? Gracias a Dios por mi historia. Gracias a Dios que he encontrado este valioso jardín y esta flor maravillosa. Gracias a Dios que he vuelto a mi hogar...
Y esta es la historia de la tortuga Federico. Y dicen, los que le conocieron, que se quitó una camiseta y comprobó que erar muy bueno jugando al fútbol. Y a pesar de ser pobre y estar desnudo, se sentía la tortuga más rica del mundo. Y colorín colorado, esta historia, todavía no ha terminado.
                                                                         

   FIN


Ilustración Ángel Joven








viernes, 18 de julio de 2014

LA VERDADERA HISTORIA DE OSAGEP

JULIO DESCEREBRADO

ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, os dejamos el septimo cuento desarrollado con DAVID LEZCANO.


David Lezcano

LA VERDADERA HISTORIA DE OSAGEP

Ocurrió una vez en un hermoso valle alfombrado de hierba y cruzado por un riachuelo de aguas  cristalinas, en las altas montañas del Pirineo oscense, que una yegua de pura raza Árabe iba a dar a luz. Las contracciones  habían empezado y las patas traseras del potrillo ya se asomaban a través del canal. El papá de aquel que luchaba  por nacer era un águila real y se llamaba Zeus. Allí estaba, todo él nervioso asistiendo en lo que podía al parto que, a decir verdad, era más bien poco pues, como sabéis, las águilas no tienen manos a pesar de que algunas de ellas son reales. Don Zeus le contaba cuentos, le daba conversación sobre temas místicos y le abanicaba con sus alas para aliviarle el dolor mientras que su amada daba a luz. Cuando ya hubo parido, Épica, que así se llamaba la yegua, se levantó del suelo, se dio la vuelta y empezó a lamer a su potrillo para quitarle los restos de la placenta adherida a su pequeño cuerpo. Ella no cabía en sí de gozo al ver aquel trozo de sí misma tan blanco y bien formado, pero el papá, a simple vista, no parecía muy convencido. La verdad es que Zeus esperaba ver a su hijo con alas para poder enseñarle a volar y jugar con él pero, pensó que los dioses le habían castigado por algo que él hubiera podido hacer en el pasado y por eso estaba triste, se sentía culpable. Desde mucho antes de nacer, habían decidido llamarle Osagep en el caso de que fuera macho y así le pusieron. Osagep yacía en el suelo titubeante intentando levantarse para empezar a mamar, pero no podía. Su mamá lo animaba con dulces relinchos y con el morro intentaba ayudarle, pero nada, no había manera. Don Zeus miraba aquella escena ensimismado en sus propios pensamientos mas, en su cara se adivinaba la mueca del desencanto. Después de media hora de intentos fallidos, Osagep consiguió engancharse a las ubres de Épica. Cuando se hubo saciado, se aventuró a dar unos pasos alrededor de su madre. Poco a poco y día tras día Osagep iba ganando fuerzas y sus correrías le iban llevando cada vez más lejos. La verdad es que  era un potrillo de esos que llaman hiperactivo. Don Zeus y doña Épica estaban cansados de repetirle una y otra vez que no se alejara tanto pues los peligros a esas alturas acechaban por todas partes, pero el joven era indomable. Sin embargo, era tan simpático que siempre encontraba la manera de salirse con la suya. Tanto era así que su abuelo le puso por sobrenombre "el bala".

Cuando llegó la hora de escolarizarlo, lo inscribieron en el colegio H.H. de caballos Maristas de Zaragoza. Los papás de Osagep pensaron que lo que necesitaba su hijo era  mano dura para enderezar las malas costumbres que había adquirido allá arriba en la montaña. Pero se equivocaban, no había fuerza en el Olimpo que enderezara a Osagep. Enseguida se hicieron populares sus travesuras, anécdotas y novillos que habitualmente hacía implicando a otros compañeros. Era un líder nato. Los pobres hermanos estaban hartos de Osagep   porque como Atila,  por donde pasaba no crecía la hierba. Dado el exceso de actividad que desarrollaba  el pequeño, decidieron entre los padres y tutores apuntarlo en algún deporte para ver si de esta manera  se apaciguaba su exceso de energías. Osagep pasó por todos los juegos que se practicaban en el colegio y en todos ellos sobresalía. Pero el que más le gustaba era el Balón Mano pero, su carácter rebelde hizo que el profesor y entrenador del equipo un día le propinara una coz  en sus cuartos traseros que le dejó  marcado el hierro de sus cascos para el resto de su vida. Después de esto, decidió practicar el Balón Cesto. Siendo éste último por el que al final se decantó, ya que era el deporte para el que estaba mejor cualificado: ágil, alto, delgado, fibroso, rápido, con mucho nervio  y además tenía una gran visión de juego. Poseía una capacidad anotadora extraordinaria. Tanto era así que, de no haber sido por la altura, lo habrían cogido para jugar con el equipo del CAI, porque a pesar de que era alto para la edad que tenía, no llegaba a la altura que se requería.

En fin, la vida pasaba rápidamente y Osagep iba combinado sus triunfos en el Balón  Cesto con su más que dudosa marcha en los estudios. En realidad,  él sospechaba que los curas lo aprobaban debido a que lo que deseaban era perderle de vista. Como digo, tras pasar con apuros por la EGB, llegó a 2º de BUP el cual suspendió. Y esta fue la excusa que necesitaba para abandonar los estudios e imitar a su idolatrado hermano carnal que estaba haciendo el servicio militar en los paracaidistas. Se alistó voluntario e hizo el periodo de instrucción en Alcantarilla, Murcia. Estando allí comprendió el porqué de lo que sentía al volar. Cuando saltaba, experimentaba algo que no podía explicar pero que era muy grande. Sentía una felicidad aún mayor que la que le proporcionaba las yeguas al copular. Que por cierto, tengo que decir que Osagep era un Don Juan de aquí te espero…

Como iba diciendo, haciendo la mili en los paracaidistas comprendió que lo que sentía era debido a que por sus venas corría sangre procedente de un águila real, su padre, Zeus. Cuando se tiraba desde las alturas era tal el placer que experimentaba, que esperaba hasta el último segundo  para abrir el paracaídas. Los compañeros le decían que no hiciera aquello pues era muy peligroso, pero él no hacía caso. Hasta que un día ocurrió lo que tenía que ocurrir. El golpe que recibió en la cabeza al llegar al suelo fue tan fuerte, que lo dejó en coma por dos meses. Cuando despertó, Osagep había desaparecido. Tuvo que aprender  de nuevo todo, desde lo más simple hasta lo más necesario. Después de 6 meses ingresado en el Hospital, salió. Su familia, sus amigos, los compañeros del colegio y sobre todo, la última novia que tenía le estaban esperando para recibirlo con los brazos abiertos. Entonces comprobó Osagep lo muy querido que era. Comprobó por sí mismo el significado del amor incondicional. En muchas ocasiones, al pensar en ello, se emociónaba. No obstante, al recordar su vida anterior se entristecía porque  lo que más le gustaba en la vida era correr, saltar, trotar y ahora ya no podía hacerlo. Era todavía muy joven y sentía que su vida se había truncado para siempre y maldecía a los dioses por ello. Se sentía mal, aunque en algunos momentos para animarse se decía: “Carpe Diem, Carpe Diem”… Que quiere decir “vivir el momento”.

Ocurrió un día, mucho tiempo después del accidente que empezó Osagep a sentir un dolor insoportable en los flancos, encima de las paletillas. Zeus y Épica lo llevaron rápidamente al Hospital Veterinario muy inquietos y allí lo examinaron de arriba abajo para determinar el origen del mal. Después de pasar por todo tipo de máquinas y pruebas, les aconsejaron que no se preocuparan ya que  lo que le estaba ocurriendo a su hijo era propio de la naturaleza. Les comunicaron que pronto su hijo podría volar, debido a que  le estaban saliendo las alas que de su padre había heredado. Les dijeron también que el dolor agudo remitiría cuando ese nuevo miembro de su cuerpo se hubiera desarrollado todo lo que tenía que desarrollar. Al oír esto, los padres de Osagep no se lo podían creer. Después de todo lo que habían sufrido con su hijo, esta buena noticia no se la esperaban. Se lo llevaron a casa esperanzados en que lo que les dijeron los médicos fuera verdad, y así fue. Con el paso de las semanas, aquel apéndice iba tomando cuerpo, como cuerpo iba tomando también la alegría de sus padres. Una vez acabaron de crecerle aquel par de alas; Zeus, todo excitado de alegría, llevó a su hijo al lugar en donde había nacido. Allí empezó a enseñarle todo lo que sabía con respecto al vuelo. Poco, muy poco a poco Osagep se iba fortaleciendo en cuerpo y alma. Y rápido, muy rápidamente fue aprendiendo todo lo que el padre tenía que transmitirle.

Hasta que por fin,  el milagro se realizó. El hijo de Zeus se convirtió en un excelente caballo volador. Y dicen los que le conocieron que a partir de entonces estaba Osagep tan agradecido, que por donde pasaba crecían las flores. Y  cuentan y dicen los que le conocieron que por donde pisaba, brotaba el amor. Y dicen y cuentan que Osagep se reconcilió con los dioses dándole las gracias por su historia. Sus padres decidieron cambiarle el nombre porque, como había vuelto a nacer, consideraron que lo más oportuno era bautizarlo de nuevo y le dieron la vuelta a su nombre. A partir de aquel momento lo llamarían Pegaso. Pegaso, el caballo volador…

FIN


Ilustrador Ángel Joven



martes, 3 de junio de 2014

ÁNGELA, LA GNOMA

JUNIO DESCEREBRADO


ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, os dejamos el sexto cuento desarrollado con BALBINA.


Balbina

ÁNGELA, LA GNOMA

−Enfermera, páseme la sierra.
− ¿Quiere la motosierra o la manual, doctor?
−No, deme mejor la motosierra. Iremos más rápido.
La enfermera se la acercó y don Tubérculo cogiéndola con fuerza con una mano, con la otra la puso en marcha tirando de una maneta. Apoyó la punta de la sierra en la frente de la paciente y comenzó a abrir el cráneo siguiendo una línea que previamente había trazado. Con mucho cuidado, como solo puede hacerlo un cirujano, primero separó toda la frente, después continuó por encima de la oreja derecha. Y así fue dando la vuelta a toda la cabeza. Cuando llegó al punto en el que había empezado, apagó la herramienta y la dejó en el suelo. Seguidamente  y con sumo cuidado, cogió la parte superior de la testa y tiró de ella. Al momento apareció debajo del casco una masa gelatinosa que correspondía al encéfalo. Alrededor de él, tenía adherido una cosa negra que lo atenazaba. Con mucha paciencia, el doctor lo fue cortando a trozos hasta que consiguió desprender de los sesos los tentáculos del parásito. La operación duro 15 horas. En ella, don Tubérculo se vio obligado a extirpar parte de la masa encefálica debido a que el dejarla allí hubiese supuesto un peligro para la vida de Ángela. Por otra parte, estaba gravemente perjudicada afectando al lado izquierdo del cuerpo y sin posibilidad de recuperación. El médico consideró que la única alternativa posible era extirpar la zona dañada y, así lo hizo. En el lugar en el que había extirpado, para que no quedara hueco,  puso un trozo de tarta de cabello de ángel que había comprado esa misma mañana para desayunar. Viendo que aún así no conseguía rellenarlo del todo y,  aprovechando que su perro Coker Spaniel  color canela hacía poco que había muerto y tenía allí mismo el cadáver, don Tubérculo le extrajo parte del cerebro para terminar de rellenar el de Ángela. Una vez cumplimentado el espacio, volvió a colocar la zona superior del cráneo en su sitio y lo unió con grapas. Para que le fuera más fácil el movimiento en el futuro, le amputó la pierna izquierda y en su lugar le implantó la rueda de la bicicleta con la que iba todos los días a la seta hospital. Y como brazo, le injertó el manillar de la bici. Estaba claro que no le iba a suplantar en todas las funciones de la mano, pero al menos, aquella extremidad le serviría de apoyo para sujetar las cosas y para frenar la rueda. El ojo izquierdo había perdido gran parte de su agudeza; sin embargo, todavía le quedaba algo de su antiguo esplendor. Con lo cual,  don Tubérculo consideró innecesario extraerlo. Pero, estuvo a  un tris de ponerle también el de su perro. Una vez concluida la operación, el médico se volvió a su casa en un pato autobús con la bici a cuestas… Y a la recién operada, la subieron a la unidad de cuidados intensivos de la seta hospital Miguel Servet.
Ángela era una gnoma muy bella, tanto que  tenía a todos los jóvenes gnomos coladitos por ella. Para ser una gnoma, era extraordinariamente alta. De cabellos rubios y sedosos. De escultural cuerpo. Ella se consideraba una payasa, pues le gustaba hacer reír a sus compañeros del colegio y lo conseguía. Una vez, hizo reír tanto a su mejor y más querida amiga, que se le fue el “grifo” como ellas solían decir al pis. La mamá de ésta, tuvo que traerle unas bragas nuevas rápidamente para que se pudiera cambiar... En fin, era muy simpática. Desde pequeñita había deseado servir a los demás y, a los 14 años, cuando terminó la Enseñanza General Básica, empezó a estudiar para auxiliar de clínica, geriatría y puericultura. Una vez acabado, le aconsejaron que hiciera un curso de dietética y nutrición porque decían que tenía mucha salida, y lo hizo; no obstante, la verdad es que le sirvió de poco. También empezó la carrera de Magisterio a la par que trabajaba como enfermera en la seta clínica Quirón de Zaragoza. Mas solo realizó el primer curso porque era demasiado esfuerzo para ella. Considerando que ya trabajaba en lo que toda la vida había deseado, sacarse la carrera de profesora, era un esfuerzo innecesario -pensó-. Después de tres años dedicados en cuerpo y alma a los demás en la Seta Quirón, el médico pediatra que ejercía allí, al verla con aquella alegría le propuso que se fuera a trabajar con él en su seta clínica. Sin pensárselo dos veces dijo que sí, pues estar con niños enfermos y alegrarles la vida era para ella alcanzar sus máximas expectativas en la vida. Tenía 18 años cuando empezó en la seta clínica pediátrica y allí terminó su vida laboral. A esa misma edad conoció en Salou a Pedregal, el gnomo con el que mucho tiempo después se casaría. Él tenía  10 años más que ella; sin embargo,  para Ángela aquella diferencia no era ningún obstáculo. Muy al contrario, le causaba admiración y le hacía sentirse muy femenina salir con todo un señor bien plantado... Un día la invitó a ir al cine y fue la peor experiencia de su vida, porque escogieron una película muy desagradable. Después de aquel intento de acercamiento, dejaron de verse durante mucho tiempo. Pero no adelantemos acontecimientos y volvamos a su infancia: toda la familia de gnomos de nuestra enfermera  vivía en el tronco de un árbol que el río Ebro depositó en la orilla de éste frente a la seta Basílica del Pilar y junto a las piscinas de la seta polideportivo Helios. Ángela tenía una hermana a la que estaba muy unida sentimentalmente que se llamaba Delfina. Siempre estaban juntas y se apoyaban en todo. Aquellos días a orillas del Ebro jamás se le olvidarían. Eran sus goces tomar el sol con el rumor que el agua producía al pasar, chapotear con su hermana, salpicarse, jugar juntas al escondite... ¡Ay! Las cosas propias de la niños. Tuvieron un perrito en casa 15 años, al que pusieron por nombre Bubi. Bubi hacía las delicias de Ángela, ella se empeñó en que se lo trajeran y, continuamente amenazaba a sus padres con que quería tener un hermano, de lo contrario compraría un pastor alemán. Al final le trajeron a Bubi que acababa de nacer y era de una raza que no crecía mucho. La pena fue que cuando ya era viejecito, le dio una parálisis en las patas y lo tuvieron que sacrificar. Ángela lo pasó tan mal que, aún después de muerto, por mucho tiempo estuvo oyendo las pisadas del pobre perro por las noches, como si se acercara a su habitación para dormir a sus pies, como solía hacer siempre. Pero eso no fue lo único que marcó su infancia, en una crecida el Ebro, éste expropió el tronco en donde habían vivido tantos años. Toda la familia quedó en la calle muy apenados al contemplar impotentes cómo las aguas se llevaban con ellas todos sus enseres y los recuerdos más queridos. De allí se fueron a vivir a los bajos de un árbol en un parque cercano. Aunque no era lo mismo, aún así, Ángela siguió con su costumbre de bajar todos los días a tomar el sol cerca de la Seta Helios.
La madre de Ángela era de La Rioja. De una pueblecito que se llamaba Santa Engracia de Jubera. Allí se iban de vacaciones todos los veranos. De aquella época guardaba también muchos y muy buenos recuerdos, pero había uno al que le tenía un especial cariño. Cerca del pueblo había una aldea que se llamaba Santa Cilia en la cima de un monte. En la que solo lo vivía un gnomo. Era un anciano muy especial. De aspecto venerable. De hablar lento. De trato agradable y con el tiempo se hicieron grandes amigos. A ella le causaba mucho respeto. Lo consideraba como el gnomo más sabio del mundo. Y siempre que podía, subía a la aldea para formularle las preguntas que le inquietaban en aquel momento.
Ángela tenía 31 años cuando empezó a salir  con Pedregal  y se casó con él a los 36. No tuvieron hijos, pero teniendo en cuenta las circunstancias en las que se encontraba, ella decía que era lo mejor. Aunque sí que le hubiese gustado tener alguno. Su esposo y el marido de su hermana eran hermanos y en su matrimonio, tuvo mucho que ver Delfina porque, sabiendo que se gustaban, propiciaba los encuentros. A los 3 años de casarse, Ángela empezó a sufrir unos pequeños dolores de cabeza. La médica le decía que, o bien eran migrañas o jaquecas lo que padecía y,  le recetaba jarabe de mosca virgen con colas de lagartija viuda y cuatro patas de araña en celo pero los dolores persistían. Después de muchas visitas, la médica accedió a hacerle una fotocopia al trasluz de rayos cósmicos ultravioletas en la cabeza y, entonces se lo encontraron. Era un pulpo tricéfalo que se le había colado por el oído, probablemente mientras dormía a orillas del Ebro.
Cuando Ángela despertó después de la operación, no se reconocía a sí misma. No sabía quién era ni lo que había pasado, aunque con el tiempo fue poco a poco recuperando el recuerdo. Cuando volvió la deseada  normalidad, lo que más lamentaba era no poder dedicarse a servir a los demás y en especial a los niños, pero, ¿qué se podía hacer?-se decía-. Ella aceptó de buen grado el drástico cambio que hubo en su vida, entre otras cosas, gracias al apoyo y la comprensión que en todo momento le brindó Pedregal. Por otra parte, muy al contrario de lo que cabía esperar, su carácter se había, se había, ¿cómo decirlo? Se había "angelizado", probablemente como consecuencia del pastel de cabello de ángel que don Tubérculo le colocó de relleno en el cerebro. De vez en cuando se le escapaba algo parecido a un eructo, aunque en realidad era un ladrido de un Coker Spaniel color canela propiedad del médico que la operó. Y ella, pensando que era un gas siempre pedía disculpas, ¡uy, perdón! −decía riendo y tapándose la boca con la mano.
Debido a las condiciones físicas en las que estaba Ángela, cuando su salud  lo permitió, se fueron a vivir a una seta unifamiliar con rampa y ascensor cerca del seta polideportivo más prestigioso de la ciudad, cuyo nombre era Siglo XXl . Allí conoció a grandes gnomos del deporte que estaban en su misma situación. Entre todos formaron un equipo espectacular que causaba furor en las plazas, terracitas y otros ámbitos... En muchas ocasiones, cuando estaba con sus amigos deportistas riendo y contando cosas intrascendentes, se preguntaba Ángela qué le depararía el futuro. Y os puedo asegurar que día a día lo fue descubriendo y ni en sus mejores sueños pudo imaginar todo lo que la vida le tenía reservado. Tuvo una vida no exenta de sacrificios eso sí, pero plena de ventura, gozo y amor. Pero esto, ya es otra historia...

                                                                          FIN

miércoles, 28 de mayo de 2014

EL EXORCISTA, EL CHIHUAHUA Y GRABIELA

MAYO DESCEREBRADO


ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, os dejamos el quinto cuento desarrollado con BEATRIZ MARCO.


Beatriz Marco Y Venancio 

EL EXORCISTA, EL CHIHUAHUA Y GRABIELA

 A raíz de un fatídico accidente de tráfico, a Gabriela la poseyó el espíritu de un perro chihuahua.
Mientras cruzaba un paso cebra, regulado por un semáforo que para ella estaba en verde, el coche de la Perrera Municipal la atropelló. A Esteban, el conductor del coche, le gustaba conducir rápido. Y lo hacía muy bien pero su perro chihuahua, que en ese momento lo llevaba suelto dentro del coche, se le subió encima y al querer apartarlo, quitó por unos segundos los ojos de la avenida por donde circulaba. Cuando quiso volver a mirar a la calzada, ya era demasiado tarde, no le dio tiempo a esquivar a la niña que cruzaba la calle confiadamente y la atropelló. El golpe la lanzó por los aires a 12 metros de distancia del coche, yendo a aterrizar con la cabeza en el bordillo de la acera. Y allí quedó inconsciente hasta que vino la ambulancia y se la llevó al Clínico. Por su parte, el coche de la Perrera tampoco salió muy bien parado del encontronazo. Al tratar de esquivar a la pequeña, el conductor dio un volantazo haciendo que el vehículo volcara, dando unas cuantas vueltas de campana y dejando el chasis completamente destrozado. A Esteban le tuvieron que dar 20 puntos en la cabeza, enyesar un brazo, una pierna y hacer cuatro implantes en la boca. Pero el que peor parado salió del trance, fue el perro, que murió en el acto.
Después de hacerle las curas necesarias, Gabriela permaneció ingresada en la Unidad de Cuidados Intensivos por dos meses y medio en coma profundo debido a la gravedad de las heridas recibidas, principalmente en la cabeza. El traumatismo craneoencefálico sufrido, era tan severo que le había producido un coágulo que le presionaba el cerebro y hubo que extirpárselo con extrema urgencia. Los médicos pusieron a la familia al corriente de la situación de su hija, sin omitir ningún detalle y sin darles falsas esperanzas de la recuperación de la misma. Advirtieron también a ésta que, en el supuesto de que saliera del coma, la niña tendría unas secuelas impredecibles y que se fueran mentalizando que no volvería a ser la misma persona de antes.
Pasados esos dos meses y medio, un buen día despertó sin más. Y se confirmaron las predicciones de los médicos. Ya no era la misma. Para empezar no conocía a nadie. Su personalidad había cambiado de manera radical. Ahora no hablaba, ladraba. Ahora no andaba normal, quiero decir que no andaba como todo el mundo, sino a cuatro patas. Ahora cuando estaba contenta no se reía, sino que sacaba la lengua y movía una cola invisible. Y cuando iba al baño para hacer pis, bueno, ya saben las costumbres de estos animales... En fin, estas y otras actitudes tenían desconcertado al equipo médico. Nunca se habían encontrado con un caso parecido, después de un accidente de estas características. En el Clínico estuvo tres meses, que fueron un calvario para el personal que la atendía. Los enfermeros se vieron obligados a atarla a la cama, debido a que cuando Gabriela se enfadaba, al primero que se le acercaba le atizaba un mordisco en el primer sitio que pillaba. Esto, unido a que aquel caso, escapaba a sus conocimientos, contribuyó a que tomaran la decisión de trasladar a la paciente a otro Hospital más cualificado, en este tipo de lesiones neuronales.
El Hospital elegido fue uno que había en la misma ciudad de Zaragoza, cuyo nombre era y sigue siendo Praxis. Allí estudiaron su caso en profundidad. Le hicieron todo tipo de pruebas: Análisis psicológicos, neuropsiquiátricos, escáneres, rayos, ecografías, etc... Toda una serie de especialistas muy cualificados la examinaron a conciencia. Y después de muchas reuniones para intercambiar impresiones entre ellos, llegaron a la conclusión de que no sabían qué hacer ni a quién acudir. Estaban desorientados con aquel caso, a la vez que llenos de mordiscos por el mal humor de la paciente.
Un día acertó a pasar cerca de la habitación de la joven, en visita a un familiar, un guarda de la Perrera Municipal que, al oír un ladrido, creyó reconocer a alguien por él muy querido. Entró en aquella habitación, de donde procedían aquellos sonidos tan familiares y comprobó que sus sospechas eran infundadas; pero al darse la vuelta para marchar, la enferma volvió a ladrar.  Entonces, el cuidador ya no tuvo dudas. Allí, tendido en la cama, estaba  su perro Godofredo dentro de la niña. El chihuahua que murió en aquel desafortunado accidente en la avenida Hispanidad. Esteban, que así se llamaba el cuidador,  se le echó encima y se fundieron en un caluroso abrazo. Por su parte, el perrito, quiero decir Gabriela brincó de la cama y se puso a dar saltos de alegría alrededor de su antiguo dueño. A darle lengüetazos. A menear la cola. A ladrar... ¡Ay! Qué felicidad encontrar de nuevo a un viejo amigo, al que ya se le consideraba perdido para siempre. Una vez se saciaron el uno del otro, Esteban puso en conocimiento de los especialistas del Hospital, su descubrimiento. Pero no le creyeron. Para demostrarles que lo que él decía era cierto, tuvo que recurrir a una serie de trucos que el guarda había enseñado Godofredo. Hay que decir que Esteban, además de trabajar para la Perrera Municipal, entrenaba a los perros policías especializados en la lucha antidroga. Después de hacerle pasar a Godofredo por las diferentes pruebas, a las que Esteban le sometió, los médicos ya no tuvieron dudas al respecto. Ahora la disyuntiva era qué se debía hacer, porque esto ya se les escapaba de sus competencias -dijeron los facultativos- . Entonces Esteban contestó:
−No se preocupen. Este problema es de mi ámbito. Yo sé lo que se tiene que hacer. Hay un exorcista canino en Badalona que es una pasada. Se llama Gottman y es uno de los mejores en su especialidad, aunque es un poco caro...
Después de oír todo lo que Esteban tenía que decirles, llamaron a la familia de la joven para ponerles al corriente de la buena nueva. Una vez lo hicieron, el padre de la chica repuso:
−Lo que haga falta para curar a mi hija. Y si es necesario, venderemos la casa para pagar a ese exorcista, no me importa lo que cueste, quiero lo mejor.
Al día siguiente dieron el alta a la joven. Ya no tenía sentido que siguiera ingresada en aquel Hospital. Sus padres se la llevaron a casa y, una vez toda la familia dio su consentimiento por escrito, para seguir aquel proceso, empezaron el trámite burocrático. El primer paso fue pedir permiso a la Sociedad Protectora de Animales, pues este tipo de prácticas tenían que estar muy bien documentadas. Y así lo hicieron. Día a día fueron dando los pasos necesarios para la consecución de los deseos de toda la familia de Gabriela, del equipo médico y de Esteban. Una vez cumplimentados todos los requisitos, convinieron en coger cita para que le practicaran el exorcismo a la chica poseída por el chihuahua Godofredo. Llegado el día, se personó el exorcista en la casa de Gabriela.
 Era un día extrañamente oscuro. La calle estaba entre tinieblas. La luz de una farola mortecina, luchaba a brazo partido por iluminar el umbral de la puerta. Hacía frío. De repente, alguien tocó el timbre de la casa. Abrieron la puerta y, el padre de Gabriela preguntó:
− ¿Qué se le ofrece?
−Soy la exorcista Gottman,  −respondió una voz de pito que salía de una figura que apenas se le adivinaba entre las tinieblas.
−Creí que usted era del género masculino, con ese nombre... –adujo el dueño de la casa.
−Sí, ya se lo dije a mis padres  −repuso la señora−. Que por cierto, era “Culé”, pues tenía un hijo jugando en el Barça. Y este fue el motivo por el que una vez sanada, Gabriela se volviera más Barcelonista que Artur Mas. Tenía su habitación decorada con los colores, símbolos y fotografías de su equipo preferido, el Futbol Club Barcelona.
Baltasar, que así se llamaba el papá de la poseída, hizo pasar a la exorcista al salón y, una vez que se sentaron en el sofá, la puso al corriente de los pormenores de Gabriela. Seguidamente, la Sra. Gottman subió a la habitación de ésta y cerró la puerta tras de sí. Pasaron las horas en las que de la habitación salían ruidos de golpes, palabras gruesas, vómitos, cristales rotos, etc... Los padres estaban atemorizados por aquel escándalo, la verdad. Era ya de madrugada, cuando salió la catalana con los pelos de punta, la cara desencajada y los ojos desorbitados. Se sentó y dijo:
− ¡Jo! Esto costará más de lo que yo pensaba. Pero no se preocupen, por mis muertos que esto lo arreglo yo.
Transcurrieron tres meses y medio, hasta que los efectos de sus conjuros, cánticos, danzas, pócimas y brebajes empezaron a ejercer su efecto. La pobre señora Gottman estaba ya en las últimas. Si la cosa hubiera durado un poco más, a la que hubiesen tenido que internar era a ella. Pero en fin, quiso Dios que todo terminara con bien y ahora Gabriela ya miccionaba de forma natural como corresponde a todas las personas de su género. Y por lo demás, también. Aunque le quedaban  algunas secuelas de su posesión, como era un   pequeño goteo en la nariz, que mantenía a ésta húmeda y fría. Llegado el día del total restablecimiento de la chica, viendo que su presencia ya no era necesaria, la señora de Badalona decidió marchar  a su tierra, y así se lo hizo saber a Baltasar. Éste le preguntó cuánto era lo que le debía por sus servicios. A lo que ella adujo que no, que no quería nada, pues consideraba que lo que se llevaba, era más valioso que su propio trabajo (Esteban y la exorcista se hicieron íntimos)... Pero sí accedió a que le pagasen el mejor siquiatra particular al que iría nada más llegar a Barcelona. Al despedirla en la puerta, Baltasar observó que, mientras se alejaba, de vez en cuando hacía una paradita para rascarse una pierna con la otra, a la vez que  emitía unos sonidos extraños con la boca, mirando a la luna. Pero no le dio importancia a este hecho, debido a que siempre había pensado que las personas que se dedicaban a los exorcismos, eran un poco extravagantes…
                                                 
                                                                                   FIN

lunes, 31 de marzo de 2014

OCÉANO Y MARGARITA

ABRIL DESCEREBRADO


ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, os dejamos el cuarto cuento desarrollado con JULIÁN MENDI.



Julián Mendi


OCÉANO Y MARGARITA


Le pregunté si se estaba emocionando y ella contestó que sí, que había pasado mucho y había derramado muchas lágrimas. Nos sentamos los tres, su marido ella y yo en el sofá de madera de haya. Le dije que me contara lo que pasó y ella empezó a relatarme su historia de esta manera:
−Conocí a Océano, mi marido, en un día maravilloso. El sol brillaba en lo alto del cielo. No había ni una sola nube. Era primavera y los campos estaban en flor. Yo estaba en un alto que se llama cerro del Piskerra en las Bardenas Reales de Navarra, desde donde podía otear cualquier presa. Hoy todo aquello es un paisaje desértico, pero en aquella época era un mar al que yo iba todos los días para bañarme y cazar. Recuerdo que estaba medio dormida por el calor cuando, de repente, oí un chapoteo en el agua. Me desperté sobresaltada y allí estaba él. En un primer momento me asusté al ver allí, tan cerca de mí aquel pez tan grande pero, cuando me habló con aquella voz suya tan sensual, en ese mismo momento sentí que mi corazón se disparaba a cien, me enamoré de él. Me dijo:
−Hola, ¿tú qué eres? Yo soy un delfín natural de Valtierra, soy comunista y me gusta bailar, ¿Y tú, de dónde eres tú?
A lo que yo contesté:
− ¡Eh, eh! No tan deprisa, una pregunta detrás de otra. Yo soy un águila real y las águilas y los defines no se hablan. Pero en fin, por hoy haremos una excepción. Yo soy de Villafranca, no soy comunista pero también me gusta bailar.
A lo que él respondió:
−Pues oye, ya que a ti y a mí nos gusta bailar, ¿podríamos quedar para ir al baile? ¿Qué te parece si vamos este fin de semana a la discoteca?
A lo que yo aduje:
−No sé qué decirte, si me ven en el pueblo con un delfín se reirán de mí.
−Ya sé lo que haremos−dijo él−, me disfrazaré de águila y ya no tendrás ningún problema, ¿vale?
Y así lo hicimos y, lo pasamos tan bien que a partir de aquel domingo nos veíamos todos los días en las Bardenas Reales y los fines de semana íbamos a bailar. La gente se preguntaba en el pueblo qué clase de águila era aquella tan rara que bailaba conmigo pero, todos pensaban que venía de un país extranjero y, por lo tanto, era normal que fuese de otra especie de águilas. Con el paso del tiempo nuestro amor fue creciendo, hasta que un día, Océano me propuso matrimonio. A lo que yo contesté que no podía ser porque éramos de otra especie y, los que son de otra especie nunca pueden casarse ni tener pollitos. Entonces, él me contó que en el fondo del mar, en una cueva que hay en el barranco de las Cortinillas, vivía una bruja que se llamaba Drúsula (la morena) a la que le explicó nuestro caso y ella le contestó que nos podía ayudar, pero que eso tenía un precio y que tendríamos que firmar un contrato para asegurarse el cobro de la deuda que íbamos a contraer con ella. Yo no podía creerme aquello pero, aún así, Océano y yo quedamos un día para bajar a la cueva submarina de Drúsula. Tenía curiosidad por conocerla. Llegado el día, bajamos y, una vez en su presencia, nos dijo que el encantamiento tenía una caducidad que podía oscilar entre 15 a 20 años. Nos dijo que el precio de transformar a Océano en águila era que yo perdería mis alas cuando el encantamiento desapareciera. La vieja morena nos dijo también que siempre había deseado tener un par de alas como las mías y, si queríamos formar una familia y tener pollitos, ese sería el precio. Le dijimos que nos diese un poco de tiempo para pensarlo y después de una semana, nos presentamos los dos en su tenebrosa caverna decididos a dar el paso. De modo que firmamos el contrato que nos tenía preparado, después del cual dio de beber una pócima a Océano. Nos explicó que en el transcurso de aquella noche ocurriría el “milagro”. Ilusionados volvimos a casa y, a la mañana del día siguiente nos vimos en la cima del cerro del Piskerra como siempre pero, aquel día fue completamente diferente, porque allí donde yo siempre me ponía a tomar el sol a la espera de una presa, estaba Océano convertido en una preciosa águila real.
Después de dos años y medio de noviazgo, hicimos los preparativos para la boda pero, un buen día recibimos una carta del Ministerio del Interior del gobierno de Navarra diciéndonos que Océano tenía que hacer el servicio militar, advirtiéndonos de que si no se presentaba sería dado por prófugo y encarcelado. Así que no tuvo más remedio que ir. La realizó en el ejército del aire. Mientras tanto, nos cogimos una buhardilla en el ático de un roble en la Selva de Irati para cuando venía de permiso tener un poco de intimidad en nuestro nidito de amor... Aquel año que estuvo en el servicio militar, las cosas habían cambiado a peor en el Parque. No había caza, no había trabajo, no había nada de nada. De modo que nos propusimos emigrar a Zaragoza porque me había dicho una amiga que en el asunto laboral estaba mejor aquí. Hicimos las maletas, empaquetamos los muebles, alquilamos un águila montacargas y nos mudamos a este árbol del Parque del Actur en el cual estamos viviendo. Enseguida Océano empezó a trabajar en una empresa de cristales para gafas que se llamaba "Indo" y después, nos casamos. La celebración fue muy hermosa, la recuerdo con mucho cariño. Fue en Villafranca donde nací, rodeados de todos nuestros seres queridos, ¡ay, qué tiempos aquellos!
Los años pasaban sin sentir, la felicidad era tal que todas las dificultades pasaban sin dejar rastro en nosotros. Tuvimos dos polluelos, macho y hembra. Océano fue cambiando de trabajo pues los tiempos eran malos para todos pero, nada nos importaba con tal de estar juntos. Mientras tanto, nuestra principal afición seguía llenándonos la vida de satisfacciones. Era el baile. Nos apuntamos en una academia para aprender bailes de salón en la Estación del Norte. Estuvimos 5 años y de vez en cuando teníamos exhibiciones. En la escuela hicimos grandes amigos que, aún hoy nos vienen a ver después de todo lo que pasó. Fue un día en el que se unió la mala suerte con una serie de acontecimientos encadenados. Siempre lo recordaré, era un 30 de Mayo. A las cuatro de la tarde de un domingo. Recuerdo que aquel día teníamos una exhibición de baile precisamente. Comimos, cogimos las bicicletas porque el día era bueno para ello y pensamos que llegaríamos antes debido al tráfico aéreo. Ocurrió que, al cruzar un paso cebra de águilas en bicicleta, un dragón come fuegos chocó de frente contra Océano. El golpe lo desplazó 15 metros por el aire y fue a dar con la cabeza contra la acera. En fin, cómo explicarte el susto que me llevé. Su cuerpo estaba completamente paralizado, yo creía que había perdido a mi marido. Estuvimos en todos los Hospitales de Zaragoza pero en ninguno de ellos nos daban esperanzas de recuperar a Océano. Entonces, en aquella situación tan desesperada, una noche soñé que un hombre muy anciano que decía llamarse Gottmann desde una cueva me decía con voz susurrante: “ven a mí que yo curaré a tu marido. Ven a la montaña que yo lo sanaré”. Al día siguiente le conté a una enfermera del Hospital San Juan de Dios el sueño que había tenido y me dijo que ese anciano existía en realidad, que vivía en Badalona al pie de las montañas y era un ermitaño muy sabio… De modo que hice todos los preparativos para llevar hasta allí al padre de mis pollitos. Estaba dispuesta a todo con tal de recuperar a Océano.
Un 28 de Junio nos presentamos delante de aquel ermitaño. Tenía un aspecto venerable aunque un poco escaso de ropa, al vernos, nos dijo que nos estaba esperando. Después del sueño que tuve, no me extrañó nada. Nos dijo también que no iba a ser fácil pero, que estaba convencido de poder sanar a Océano y, que sería imprescindible mi intervención. Me busqué un arbolito de alquiler cerca de la caverna del ermitaño para poder acudir todos los días sin falta. Y así fue pasando el tiempo, en el que sufrí lo indecible viendo a mi marido en aquellas condiciones. Solo me mantenía en pie aquellas palabras de esperanza que me regaló aquel anciano nada más verlo. Poco, muy poco a poco se iban notando los efectos de la sanación de mi marido. Mi hija venía de vez en cuando para ayudarme con su padre y darme ánimos pues yo estaba muy agotada. Cada avance, cada pequeño logro suponía para mí una gran alegría y me aportaban nuevas fuerzas. A los 4 meses de estancia en Badalona, el ermitaño nos citó para la mañana del día siguiente a Océano y a mí para hablar. Nos presentamos en su caverna a la hora establecida y nos invitó a sentarnos en un palito, lo hicimos y nos dijo muy seriamente:
−Señora Margarita, ¿Usted sabe que su marido no es un águila sino que es un delfín?
Yo le contesté que sí, que lo sabía. Y me preguntó cómo lo habíamos hecho, a qué magia habíamos recurrido para transformar a Océano en un águila. Yo le conté todo. Le dije lo de Drúsula y el anciano me escuchaba con atención. Al terminar de contarle mi relato, me dijo:
−Margarita, mucho me temo que lo que hemos conseguido hasta ahora es justo devolverle a Océano su antiguo aspecto y cualidades. Ya no podemos hacer más por él porque es ahora cuando él está en su normalidad y no antes. Firmasteis un contrato del que no podéis renegar y además, no os lo aconsejo porque, al parecer, esa bruja es muy poderosa. Yo os sugiero que aceptéis las cosas tal y como están y, os invito a valorar todos estos años en los que habéis sido felices disfrutando el uno del otro. Os invito también a que valoréis la fortuna de haber tenido dos hijos preciosos fruto de vuestro amor. Y también os recomiendo que a partir de ahora, os vayáis aceptando en vuestras diferencias, que serán muchas porque sois de diferente especie. Recuerda que tú, Margarita, eres un águila real y Océano un delfín.
A lo que yo aduje:
−Si bueno pero, ¿y la memoria? Todavía no puede recordar nada de nuestro pasado.
A lo que el anciano contestó:
−Los peces tienen una memoria de pez, Margarita. Esa es su naturaleza. Anda, vuelve a tu casa con tu marido y sé feliz.

Esto fue lo último que nos dijo el ermitaño. Al día siguiente regresamos a casa y, de esta manera hemos vivido hasta hoy. Esta es mi historia. Sé que nosotros lo quisimos así pero, no puedo dejar de llorar al recordar lo felices que fuimos cuando éramos dos águilas reales normales y podíamos volar los dos juntos. Pero dígame−me preguntó Margarita después de un momento de silencio−, ¿quién es usted? A lo que yo respondí:
− ¿Su marido cree en Dios?
−Antes no pero, después del accidente no deja de rezarle…
                                                                                     

Ilustrador Angel Joven


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jueves, 13 de marzo de 2014

LA PANTERA Y SU SOMBRA


MARZO DESCEREBRADO

Judhit Gonzalez y Venancio Rodriguez

ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, os dejamos el tercer cuento desarrollado con JUDITH GONZALEZ.


LA PANTERA Y SU SOMBRA

· Érase una noche de perros. Una de esas noches de invierno en las que una espesa niebla te impide ver más allá de un metro a tu alrededor. La luna se ocultaba detrás de unas tenebrosas nubes negras. Cuatro canes se disponían a salir de caza. Sombra, su compañero sentimental y dos amigos más. Eran jóvenes, pletóricos de vida, estaban alegres y hacían bromas. Sombra no, no bromeaba, ella presentía que algo terrible estaba a punta de ocurrir. Presentía que aquella noche iba a cambiar su vida y estaba inquieta. Si por ella fuera, se hubiese quedado en la cueva con sus padres, pero la dictadura del hambre la obligó a salir. Los cuatro se dirigieron a la ciudad. Entraron a un polígono industrial y empezaron a rebuscar en las basuras. Sombra encontró una bolsa repleta de restos de comida y ladró a sus compañeros para que participaran del festín. De repente, se oyó en el silencio de la noche que una puerta metálica se abría. Una figura humana con una escopeta en las manos se vislumbraba en la lejanía y detrás de ella, una luz amarillenta hacía resaltar aún más su figura. Sonó un disparo en la oscuridad y los cuatro perros salieron de estampida muertos de miedo. Se enfilaron calle abajo a todo correr pero, al llegar a un cruce de calles, la niebla y las prisas iba a cambiar el curso de sus vidas en ese mismo momento. El graffiti en la pared de un paisaje les confundió. Pensaron verdaderamente que se trataba de sus queridas montañas y, a toda velocidad se dirigieron hacia ella. Aunque el choque fue tremendo, solo uno de los canes salió mal parado del encontronazo, Sombra. Quedó allí tendida sin conocimiento. Los otros tres perros salieron huyendo a trancas y barrancas como pudieron. Pensaron que estaba muerta su compañera y la dejaron allí.

· Sombra era una perra de raza Pastor Alemán. Estudiaba cocina y su sueño era tener algún día su propio restaurante. Le gustaba la buena comida basura y comía con apetito. Después de haberse saciado, siempre sentía remordimientos por haber comido tanto, pero no podía evitarlo, era superior a sus fuerzas. Esto la llevó a tener algo de sobrepeso, lo cual la acomplejaba y hacía que no se gustase a sí misma. Este factor influía negativamente en su relación con los demás miembros de su especie, haciendo que ella misma se aislara del resto de sus congéneres. Tenía un perrito de raza schnauzer de mascota. Su nombre era Rayko, al que quería con todo el alma. A Sombra le gustaba la música reggae, las rastas, bailar, los animales, la playa, el sol, la lectura... Sobre todo le gustaba las leyendas de vampiros salpicadas de mordiscos. romances imposibles con final trágico. ¡Qué bien! -se decía-. Cuánto disfrutaba con aquellos amores imposibles. En el fondo, Sombra era una romántica a la antigua usanza.

· Cuando Sombra despertó de aquel tremendo golpe en la cabeza contra la pared, no se acordaba de nada. Ni siquiera se acordaba de ladrar. No sabía quién era ni de dónde venía, de lo único que se acordaba era de su mascota Rayko. Tampoco podía moverse, todo su cuerpo estaba paralizado. Al cabo de un tiempo, acertó a pasar por allí una pantera que, al ver a Sombra tendida en el suelo mal herida sintió compasión por ella, la recogió y se la llevó a su casa.

· La pantera se llamaba Sol. Cuando Sol se presentó con Sombra en su lomo, sus padres le recriminaron con gran dureza pero, ellos sabían que no tenían nada que hacer porque conocían perfectamente a su hija. Sabían que cuando a Sol se le metía algo en la cabeza, no había nada que se le pusiera por delante. De modo que, toda la familia se pusieron manos a la obra para curar a aquella podre perra de sus heridas. Mas, después de haber puesto en práctica todos los conocimientos en cuanto a golpes en la cabeza se refería, la familia de Sol viendo que Sombra no mejoraba a pesar de todo, pensaron en llevarla a un chamán que ellos conocían en una aldea a orillas del mar. De modo que, al día siguiente,hicieron todos los preparativos pertinentes para el viaje. Sol dejó de lado su carrera, su cómoda vida y se fue a Badalona con su abuela Doña Caridad. Cuando llegaron a la aldea, llevaron a Sombra al curandero para que la viera. Se llamaba Guttmman y era un animal de lo más extraño. Nada más verla, ya sabía lo que le pasaba a Sombra. Les dijo que estaba poseída por un espíritu retrógrado a consecuencia de un suspiro cráneo encefálico. Al oír aquello, Sol y Caridad se quedaron más tranquilas al comprobar, in situ, que aquel animal, a pesar de su excéntrico atuendo, utilizaba un léxico propio de un gran chaman y esto les hacía confiar en sus conocimientos científicos en cuanto a enfermedades neurológicas se refiere. Les dijo que, aunque él podía curarla, no podía asegurarles en cuánto tiempo, pues aquel tipo espíritu retrogrado era muy poderoso y le costaría mucho sacarlo de la cabeza de Sombra, con sus encantos, pócimas, ungüentos y bailes. Sol le dijo que no había problema, que hiciera todo lo que estuviera en su mano por curar a Sombra de sus males y que no reparara en el coste del mismo. De modo que la dejaron ingresada en la choza- hospital del hechicero Guttmman y se fueron a buscar una habitación en una cueva albergue de alquiler, pues preveían que la cosa iba para largo. Y así fue, dos meses estuvieron en Badalona,Sol y Caridad. No dejaban a Sombra ni un momento sola. Desde la mañana a la noche estaban con ella. Día tras día, la mejoría de Sombra se hacía más patente. De vez en cuando se la llevaban a dar un paseo por la playa cuando su estado de salud lo permitía. Una vez acabado el tratamiento, el chamán les dijo a las dos panteras que el espíritu que poseyó a la perra, al irse, se había llevado con él el recuerdo de Sombra. Y que a partir de ese momento empezaría una vida que, quizá no tuviera nada que ver con la que había llevado hasta ese momento. Pero que no se preocuparan - les dijo-, porque la vida es un continuo cambio y eso, hay que aceptarlo de buen grado, pues nunca sabemos lo que es mejor para nosotros. El día de la despedida, el chamán pronunció un conjuro para que tuvieran suerte; y así fue. Desde aquel momento, Sol y sombra fueron más que hermanas. Fueron como la cara y la cruz de una moneda que, aunque opuestas, las dos se complementan.

FIN
Ilustración Ángel Joven

miércoles, 12 de febrero de 2014

REUNIÓN, LA GACELA BLANCA

FEBRERO DESCEREBRADO

Javier Cañadas y Venancio Rodriguez
ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, os dejamos el segundo cuento desarrollado con JAVIER CAÑADAS.

REUNIÓN, LA GACELA BLANCA

Había una vez una gacela blanca como las nieves del Kilimanjaro. Que fue un triunfador en todo, aunque en todas las cosas que se propuso fracasó. Y, ¿cómo puede ser esto? ¿Cómo puede ser que alguien sea un triunfador habiendo fracasado en todo? Os preguntareis sin duda alguna. Bien, si seguís leyendo con atención el relato que os voy a contar, enseguida lo comprenderéis.

Se llamaba Reunión la gacela, era macho y era un príncipe, aunque él no lo sabía. Todas las hembras se lo rifaban. Mas él, nunca movió un solo dedo por conquistarlas. Solo tenía que ser él mismo y todas se le rendían a su paso. Aunque le faltaba seguridad en sí mismo, tenía todos los triunfos en sus manos. A pesar de que era introvertido y callado, poseía un mundo muy rico en su interior. Tenía cuatro hermanos, dos hembras y dos machos. Entre todos, cinco hijos como cinco soles, como solía decir Doña Nave, que así se llamaba su madre. Su padre se llamaba Don Mástil. Don Mástil era militar de alta graduación: recto, riguroso, marcial, cumplidor férreo de sus deberes y su máximo deseo era que sus hijos también lo fueran. No solo porque considerase que el servicio a la patria como el honor más alto que puede ostentar un ser vivo, sino porque la vida militar no era tan luchada como la vida civil, aunque a simple vista pudiera parecer lo contrario, ¿verdad? Doña Nave, que era famosa por sus sabios refranes y dichos, siempre solía decir que aunque los militares estaban para luchar, la vida misma era una lucha continúa por la supervivencia. Y por lo menos, en la vida militar tenías el pan asegurado. La verdad es que Doña Nave era toda una señora. Buena esposa, buena madre, amante de sus hijos, respetuosa con lo ajeno... En fin, a Doña Nave todo el mundo le profesaba un enorme respeto. Su más alta aspiración era mantener a la familia unida, incluso el día en el que ellos ya no estuviesen allí para protegerlos. Ella se encargaba de adoctrinarlos en la fe ancestral de sus antepasados y en darles una educación para que el día de mañana se pudieran defender en la sabana...


La familia de Reunión siempre vivió en casas militares en Tanzania, rodeada de militares, con compañeros cuyos papás eran militares, con saludos militares, con trajes de color militar, ruidos militares, trompetas militares... La verdad es que todos los hijos estaban hasta la coronilla de aquella vida y esto fue lo que los abocó hacia otras profesiones para disgusto de Don Mástil.


Como Reunión era una gacela de carácter metódico, se decantó por los números. Y comenzó a estudiar la carrera de Perito Mercantil, la cual abandonó cuando ya solo le quedaba un curso para terminar. Sin saber a ciencia cierta el origen de aquella actitud tan indiferente hacia su futuro, cuando todos los compañeros de su edad ya lo tenían claro, él no encontraba nada que le llenase. Vivía como ausente del mundo. El tiempo iba pasando y los padres de Reunión, en silencio, se desesperaban viendo que su querido hijo no terminaba de encontrar un sitio en la selva en el que él pudiera encajar. Hasta que por fin, cuando Reunión rondaba los 27 años de edad se enamoró hasta las trancas de una linda gacela. Su nombre era Trastorno y tenía una voz maravillosa que cautivó el corazón de nuestro indeciso galán. Ella berreaba en una coral y estudiaba Ballet clásico en la escuela de danza más prestigiosa de La Sorbona en donde solo podían entrar las figuras más destacadas de la farándula. Él la seguía a todas partes cuando ella actuaba y cuando no, también. Estaba tan enganchado, sentía tantos celos de los machos que miraban a su hembra con ojos de deseo, que no la dejaba ni a sol ni a sombra. Habían hecho todo tipo de proyectos de su vida en común, en los que entraba casarse y tener un montón de crías.


Reunión empezó a tomarse en serio los consejos que le daban sus padres. Aquellos consejos que tantas veces le habían repetido y que tantas otras no les había prestado atención. Pero ahora era diferente, ahora estaba su novia y esto era algo por lo que valía la pena luchar. Si quería vivir con ella, tenía que ganar dinero para poder mantener a su propia familia como todos los de su especie habían hecho durante generaciones.


Pero, aquella desconfianza por parte de Reunión hacia su amada, iba a ocasionar que el corazón de Trastorno se fuera enfriando poco a poco. Y aquí empezó el calvario de nuestro joven. Cuando estaban juntos, ella ya no le demostraba tanto afecto como antes. Y en el mejor de los casos, le ponía excusas para no presentarse a la cita acordada y otras veces, ni siquiera se presentaba sin más explicación. Reunión no pudo soportar aquella tensión, aquel desinterés por parte de Trastorno y, un aciago día se le rompió el corazón. Empezó a decir y hacer cosas que en él no eran habituales. Sus padres preocupados al ver aquel cambio tan drástico en la forma de ser de su hijo, lo llevaron enseguida al mejor hospital Veterinario que encontraron. Allí le diagnosticaron que sufría un ataque agudo de poesía. Los ataques agudos de poesía, para el que no lo sepa, se caracterizan entre otras muchas cosas, en que los animales que la padecen se quedan por largo tiempo contemplando a la luna, escriben largas poesías melancólicas, les da por viajar, caminar mucho y se hospedan en las mejores cuevas de la sabana africana… Esto fue la puntilla para que Trastorno se decidiera a romper la relación amorosa que mantenía con su pareja. Ahora le producía miedo estar a solas con él y esto era superior a sus fuerzas...


Como las desgracias nunca vienen solas, al poco tiempo murieron sus padres. La vida continuó. El mundo seguía girando sin inmutarse a pesar de que el corazón de Reunión estaba hecho pedazos. Qué falta de respeto tiene la vida por el dolor de sus criaturas -se decía para sí Reunión- . Él hubiese deseado bajarse del mundo a sufrir el calvario de tanta perdida. Pero allí estaban sus hermanos para ayudarle a sobreponerse. Entre todos le buscaron un trabajo por cuenta ajena en un zoo para que pudiera distraerse pero, cuando el jefe se percató del problema del joven, aduciendo la primera excusa que le vino a la mente, lo echó. Después entró a trabajar en un circo que poseía su hermana para ejercer las funciones de contable, gacela de los recados y de almacén. Allí estuvo hasta que un día, pasado mucho tiempo, al sacar la basura de su casa, se le apareció su madre envuelta en una nube y le dijo:


−Hijo mío, no sufras. Lo estás haciendo muy bien. Pero aún te queda algo muy importante por hacer. Tú naciste para mantener a la familia unida. Hijo mío no sufras más y acepta tu vida tal y como es, con amor. Es mejor así hijo mío querido.


−Mamá, mamá querida, llévame contigo −le contestó Reunión.


−No hijo mío, todavía no es el momento. Antes se tiene que cumplir tu destino. Yo he regresado para avisarte de lo que va a suceder y para que supieras que tu padre y yo estaremos siempre contigo hasta el final. Entonces, Doña Nave le contó todo y desapareció.


En ese mismo momento, Reunión cayó al suelo. Cuando despertó, estaba tendido en la cama de un hospital. Le dijeron que debido a un aneurisma cerebral había tenido un ictus que le dejó paralizado medio cuerpo. Toda la familia estaba allí. Y así siguieron días tras día y año tras año, unidos en torno a Reunión. Y cuentan los que les conocieron, que en todo momento se apoyaron unos a otros y fueron muy felices viviendo en una piña.
FIN


Ilustrador Ángel Joven