martes, 24 de febrero de 2015

EL SUEÑO DE MOISÉS

FEBRERO DESCEREBRADO

ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS 2015, gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, con el que damos visibilidad al Daño Cerebral Adquirido os dejamos el SEGUNDO cuento 2015 realizado con Jesús Ponz.


Jesús Ponz


EL SUEÑO DE MOISÉS

Había una vez un gato alcañizano que deseaba ser un hombre. Un día, estando observando la luna encima de un tejado, le entró un extraño sopor que lo dejó dormitando tendido bajo una teja al borde de una pared que daba a un callejón. Aquella misma noche, Moisés, que así se llamaba el sujeto, tuvo un sueño que le iba a cambiar la vida. Esto fue lo que soñó el minino:
−“Se vio convertido de repente en un niño que estaba de pie a la orilla del mar. Frente a él, un sendero ascendía hacia un lejano monte. En la cima del mismo se podía divisar un cartel en el que se adivinaba un texto que no alcanzaba a leer debido a la distancia. Abriéndose paso entre una espesa maleza y una accidentada geografía, sin dejar rastro,  iban transitando por él multitud de seres sin rostro. Una voz misteriosa surgida del  propio  camino le decía: “’ ¡Ven!”.
Pero Moisés pensó:
−Como no tengo nada mejor que hacer, iré.
Arrancó a caminar sendero arriba. La luna, su amada luna llena, le sonreía. Detrás de él, el mar. Sembrados en los márgenes del sendero, arracimadas cruces crecían de todos los tamaños. Cuanto más caminaba, más se empinaba la cuesta. Sin embargo, sentía que no era feliz. Pasaron trece años en un segundo. En un momento dado, una fuerza ajena a él le empujó dentro de un Monasterio en donde se oían cantos gregorianos. Y  pensó:
− ¿Qué hago yo aquí?, ¿cómo he entrado en este sitio si a mí no me gustan los espacios cerrados? Pero me gusta la música que oigo −se dijo−,  y me gusta el olor de este lugar, −pensó.
Así que decidió quedarse por un período de tiempo indeterminado. Cierto día cruzó por el lugar un tren pitando, pintado de plata y plomo. Aunque su sonido era normal, el pitido pronunciaba palabras  repitiendo siempre el mismo estribillo: “¡Vive, vive, vive!”. Tenía 22 años cuando Moisés se dijo:
−Estoy fatigado de estar enclaustrado.  Aunque aprendí muchas cosas aquí, ahora quiero vivir mi propia vida. Ahora que soy un hombre y todavía puedo serlo, −Y ascendió a su  tren y éste le sonreía.
Continuó subiendo a contrapelo por su dificultosa cuesta. A medida que ascendía, se cruzaba con más cruces, pero Moisés tenía la mirada claramente clavada en la cima de la montaña que se divisaba allá, en donde tierra y cielo se besan. Entonces, un día templado llegó a una fuente fría, a los pies de una sabina llameante y gritó a los cuatro vientos:
− ¡Tengo sed!
Bebió hasta quedar ahíto, de momento. Colmada su mochila del crudo néctar del árbol flamígero,  cumplimentó su cantimplora de aquel río de vida por si le atrapaban las sombras en su largo día sin descanso.  Moisés era un hombre precavido. A su paso, se le acostaban peregrinos que le repetían: “dadnos de beber de esa agua tuya, por los clavos de Cristo”. Y él les daba aunque sin perder el paso. Y sin extraviar el piso, pasó por la orilla de una gran ciudad y se bañó en sus aguas. Por 3 años permaneció allí, alimentándose del fruto prohibido para apagar su sed de momento y abrevó su recipiente. Un día, una ardilla le dijo: “Largo es el camino y corto el tiempo. No trabes el ritmo”. Entonces, Moisés volvió a subir a su tren. Tras embocar su cruz, tres pájaros se le asociaron. Al cabo del tiempo, uno de ellos quiso pasarse de listo y tuvo que cortarle el pico y después a otro y a otro más. Entonces, con desasosiego Moisés  exclamó:
−“¡Buey solo bien se lame!”.
Y como una araña, continuó trepando por sus paredes tristemente sólo. Sentía un inmenso desamparo dentro de sí, aunque ya era suficiente. De pronto y sin poderlo evitar, se excedió al coger impulso para saltar un río y, tan largo dio el brinco, que se presentó en el país de los arios. Una vez allí, se dijo: “Ya que estoy aquí, ingeriré con fruición  este líquido sagrado”. Y se sació hasta quedar repleto, de momento. Y trasegaba a sus congéneres que, sedientos, le imploraban: “Dadnos de beber de tu cantimplora, por la corona de espinas de Cristo”. Mucho tiempo pasó allí. Mucho le gustaba aquel sitio pero, su camino era otro y retornó a su cauce ascendente. Tras caminar cientos de millas por su poblado desierto, se alistó en las filas de un convento para amerar la sed de sus paisanos con su líquido elemento. 25 años allí le dejaron tieso. Sus alforjas quedaron secas como la mojama, por eso se sentía satisfecho. Allí conoció al amor de su vida, Priscila. Era ella musicóloga de los humanos cuerpos, restablecía la armonía de sus instrumentos.  Los dos juntos le cantaban a la luna. Y él; para impresionarla, le hablaba de filosofía, de música, de física, de informática y ella, ella le recitaba secretas poesías. Moisés se olvidó de su camino. Se casaron y tuvieron dos soles y fueron cuatro llamas, dos incendios y dos teas, cuatro fuegos que se avivaban con el viento. Él la amaba inmensamente. Ella lo adoraba. Su casa era un océano inagotable. Pero su destino no le olvidaba, y continuamente le repetía: “’ ¡Ven, ven, ven!”, de una manera endiablada. Pero él no quería, y a menudo le gritaba:
− ¡Cállate, no quiero oírte. Déjame en paz porque ahora soy feliz. No quiero volver al camino. Me has hecho daño. He vivido todo este tiempo deshabitado. Sin nadie que me quisiera y ahora que he encontrado la felicidad junto a mi amada, me dices que la deje. ¡No! Me rindo, no quiero seguir!
Y su destino le increpaba:
− ¡Tú me imploraste, tú. Tú quisiste ser un hombre y aquí lo tienes. Ahora te echas  atrás como un niño, ¿verdad? ¿Por cuánto tiempo tendré que soportarte? ¡Gallina! Acepta lo que pediste de una vez por todas. ¡Me tienes harto! Pedís las cosas y cuando atiendo vuestras súplicas, os arrepentís, ¿¡no!? No habrá compasión para ti, no habrá misericordia.  Ahora tienes que pagar el precio de tus deseos, ingrato ser humano, Moisés!
Su destino era un ser implacable. No admitía excusas. No admitía esperas. No era nada comprensivo y viendo que su esclavo no atendía a sus órdenes, le preparó un escarmiento… Ocurrió el 25 de marzo del 2011. Llevaba en aquel entonces 11 años jubilado, viviendo como un rey. Como siempre había hecho. El seguía hidratándose y regalando el fruto de su cantimplora a propios y extraños, por nada y por todo, para todos y por él mismo. Sucedió a la luz de la luna con su amada Priscila a su lado. Moisés se ausentó, alguien le empujó; quizás una invisible mano. Pero él no quería marchar y por eso, en el forcejeo, se partió en dos. Su sino se llevó la mitad izquierda de él y la otra parte, quedó con Priscila. Guardián y preso de su libertad. Su mujer clamó a los dioses con gritos inaudibles. Desde lo más profundo de sus abismos surgió un rugido tal que los mismos dioses se vieron impelidos a socorrerla. Así, de esta manera bramó Priscila:
−¡Dioses del Olimpo, dioses de mis antepasados, ayudadme por los clavos de Cristo, salvad a mi  marido porque lo estoy perdiendo!
Y los dioses se conmovieron al ver su desgarrador llanto. Y le advirtieron de las condiciones a las que debía de sujetarse. Y las consecuencias que podría ocasionarle el incumplimiento de aquel pacto. Bajo ningún concepto podía echarse atrás de su juramento. Y ella  asintió. Zeus bajó a Alcañiz montado en su rayo y se llevó a Moisés a su templo. Allí estuvo algunos cientos de millones de años, que pasaron en un momento. Atendido por los atentos cuidados de Danae, su concubina. A pesar de ello, no conseguía salir de su sueño. Se había quedado anclado dentro. Hasta que un día, la oración de Priscila consiguió abrirse paso hasta el pensamiento de su amado. Y se posó en él como se posa un beso en la boca de dos amantes. Con la misma ternura, con la misma desesperación, con la misma exigencia. Moisés despertó. Despertó en el justo momento en el que le iban a seccionar la garganta. Despertó y una máquina el aire le prestaba. Lo bajaron a la tierra, pero la envidiosa Euterpe le robó su música. Le cautivó su cálida voz, su musicalidad, su tono, su timbre. Los increíbles arpegios de su guitarra. El vuelo infatigable de sus dedos en el piano. La dulzura de su armonía. En fin, Se lo quedó todo y no le dejó nada. Aunque no se llevó por completo su vida, le permitió vivir con la vida sesgada, como escarmiento. Entonces, Zeus le espetó:
− ¿Estás contenta?
Como Priscila no se chupaba el dedo, se lo pensó. Después de lo cual dijo:
−Sí; gracias, dejádmelo a mí. Mis dos soles y yo, mis dos teas ardientes y yo formaremos un impecable equipo. Cuidaremos al rey de nuestra casa. Y volveremos a ser cuatro llamas, cuatro fuegos vibrando al unísono contra el viento.
A lo que el Dios de los dioses contestó:
−Siendo así, así sea. Tuyo es.
Y montando de nuevo en su rayo, regresó al Olimpo. Cuando Zeus llegó a su morada, ordenó  a la celosa Euterpe, la musa de la música,  que devolviera lo que no era suyo. Y a regañadientes, ésta se la fue devolviendo poco a poco, como aquel que le duele desprenderse de algo muy querido. La mitad izquierda de Moisés siguió haciendo el camino y, cuando llegó a la cima del monte, levantó la vista lentamente para leer lo que decía aquel letrero. Justo antes de posar su vista en él, Zeus le mandó un rayo y cayó al suelo fulminado. Euterpe entregó toda la voz a su dueño, mas, desobedeciendo la orden de su amo, se quedó con la música de Moisés”.
En aquel instante, el gato despertó. Y la luna  le sonreía con su cara llena. De súbito, escuchó el maullido de una gata  y se dirigió hacia el lugar de donde procedía aquel familiar sonido. Rodeó una chimenea que se interponía en su camino y, allí estaba. Era ella, Priscila, tal y como la había soñado hacía escasos segundos. Se acercó a aquella aparición maravillosa. Percibió su aroma, su calor, su excitación. Se lamieron y se acariciaron con sus cuerpos ardientes. Y enlazando sus colas, maullaron juntos a la luna el Ave María de Schubert.

                                                            FIN

martes, 27 de enero de 2015

BUCÉFALO Y BONITA

ENERO DESCEREBRADO

ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS esta vez comenzamos 2015. Todo ello  es gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, con el que damos visibilidad al Daño Cerebral Adquirido os dejamos el primer cuento del año realizado con Carmen Bonet.

Carmen Boned


BUCÉFALO Y BONITA

Érase una vez que una alienígena unicelular apareció en el pueblo de Lanaja, Huesca. Se llamaba Angelina Jolie, y era natural de un planeta  en el que la vida estaba  próxima a desaparecer por motivos climatológicos. Como último recurso, los gobernantes de aquella estrella errante mandaron a la más aguerrida guerrillera de que disponían en su ejército en aquel momento para  explorar otros mundos posibles donde poder vivir. La metieron en una máquina desintegradora atómica y la teletransportaron al planeta azul. Al reintegrarse en la tierra, por error fue abducida por una yegua que estaba enganchada a una carreta. Dentro de ella iba una niña de 4 años. La potranca, al sentirse  poseída por un extraño ser, salió como una flecha desbocada calle abajo.  Una tía de aquella niña, sin pensárselo dos veces, cogió inmediatamente una bicicleta y salió rauda tras el animal con la esperanza de conseguir pararla. Cuando llegó a su altura, se puso de pie en el sillín y saltó de un brinco dentro del carromato con tan mala suerte que  se cayó al suelo. Al final de la cuesta, el cuadrúpedo tenía que girar ya que  la carretera se bifurcaba en dos ramales, con el consiguiente peligro de volcar el carruaje y que  la chica saliera despedida por los aires. Gracias a que se agarró en el último momento de una cuerda que pendía de la parte trasera de la tartana,  la tía consiguió no perder el contacto con la misma.  Con un esfuerzo sobrehumano, fue trepando por la cuerda, arrastrando todo el cuerpo por el suelo  hasta que estuvo otra vez dentro de la carreta. Con la intrepidez de una heroína, llegó hasta donde estaban las bridas del caballo y tiró de ellas emitiendo un enérgico ¡sooooo!  Justo antes de llegar a donde necesariamente tenía que girar, la yegua se paró. La tía cogió a su sobrina y la abrazó estrechamente. Sus vestidos estaban rasgados y manchados de sangre, pero a  ella no le preocupaba, había conseguido salvar a su sobrina de una muerte segura y eso era lo único que importaba.

A partir de aquel día, Bonita, que así se llamaba la yegua,  no fue la misma; de lo cual todo el mundo en el pueblo se extrañaba mucho, pues siempre había sido un animal muy obediente. En poco tiempo la alienígena consiguió hacerse con la voluntad del bicho. Paulatinamente iba preparando el desembarco de sus congéneres. Sus órdenes eran reconocer y preparar el terreno. Encontrar a seres vivos influyentes para después colonizarlos de la misma forma que ella lo hizo con Bonita, introduciéndose en su mente. Bonita tenía una relación con su abuela paterna fuera de serie. Todos los caprichos que la potra le pedía, la abuela se los daba. Las dos se querían mucho.  En el pueblo de Lanaja había sido muy feliz con su cuadrilla de amigos: correteando por los prados, cogiendo nidos de pájaros, durmiendo en el corral que tenía sus padres… En fin, todos los juegos propios de una joven potrilla. Pero todo eso cambió de repente aquel aciago día en  que el incomodo huésped venido de otro mundo se alojó dentro de ella sin permiso.

Cuando todo el pueblo estuvo colonizado y dominado por aquellos seres, Bonita se fue a Zaragoza para continuar con su callado trabajo. Para entonces, la yegua había cumplido ya los 14 años. Pensó la astuta alienígena que si se ponía a servir en casa de un General del ejército, conseguiría el dominio del mundo, y así lo hizo. La estrategia era muy sencilla: hacerse querer por la familia del General y ser dócil y servicial para ganarse la confianza de los altos mandos del ejército. Mientras tanto, secretamente iría colonizando nuevos cuerpos como vehículos donde su gente pudiera parasitar. Un día, la malévola angelina llevó a cabo una argucia para que la familia creyera en la lealtad que supuestamente ella les prodigaba. Como su dueño era General médico, se le ocurrió cambiar el contenido de una jeringuilla que el facultativo iba a utilizar para curar a su nieto de una infección en la glándula-epitelial-difusa-concomitante-transgénica. El buen anciano, cuando le inyectó al niño aquel líquido, observó espantado cómo el pequeño cambiaba de color: primero se puso amarillo, luego verde, después rojo de forma intermitente. Por los ojos lanzaba destellos violetas. Más tarde, se puso a disertar sobre la crianza de los gamusinos azules en cautividad, haciéndolo de una manera desmedida, casi eufórica diría yo. En ese momento, el yayo quería morirse. Pensó que se había equivocado de antibiótico y que, posiblemente, le había inoculado al niño algo que podría matarlo. En ese momento entró en escena Bonita. Puso sus patas delanteras en la cabeza del niño, emitió unos extraños sonidos y el chiquillo volvió a su normalidad. El General Niquitonipongo, que era de ascendencia nipona, no cabía en sí mismo de gozo y le dijo a la yegua:

−Pídeme lo que quieras que te lo concederé.

La muy ladina Angelina, se lo pensó un rato, después de lo cual dijo con voz  inocente, como aquel que nunca ha roto un plato:

−Yo quisiera hacer un cursillo acelerado del INAEM para aprender corte y confección. Después, me gustaría establecerme en el centro de Zaragoza, si no es mucha molestia.

El agradecido General le dijo inmediatamente que sí. Le hubiera concedido el mundo entero si se lo hubiera pedido, porque era un fervoroso creyente y tenía un alto sentido del honor. Qué poco se percataba el buen General de lo que estaba tramando su yegua preferida. ¡Qué equivocado estaba con ella! En fin, después de hacer el cursillo, se estableció en el paseo Independencia. Allí, la astuta mensajera del espacio hizo contactos de extrema importancia. Cogió amistad con las mujeres de los hombres más influyentes del lugar. A la vez que éstas le traían a su establecimiento a toda la familia. A cada nuevo cliente, le introducía un nuevo paisano suyo dentro de su cerebro, de tal forma que en menos de tres años, toda Zaragoza estuvo colonizada por los marcianos unicelulares, presidiendo éstos los puestos más relevantes de la ciudad tales como el Ayuntamiento, la Diputación, la policía, el ejército, la televisión, la radio, la prensa, etc.

Ocurrió que al tercer año, Bonita tuvo que cerrar el negocio y regresar a Lanaja porque su madre se había puesto muy enferma. Para guardar las apariencias de ser buena hija,  volvió al pueblo a regañadientes. Hay que decir que en el tiempo que estuvo abierto el negocio, conoció al que sería su futuro marido. Después de que su madre mejorara de su enfermedad, Bonita volvió a Zaragoza para proseguir con sus conspiraciones, pero ahora continuó fraguándolo a nivel mundial. Ella se dedicaba, en esta ocasión, a la venta ambulante de un jarabe maravilloso que igual te curaba un corte de digestión, un dolor de muelas,  una colitis,  una alopecia difusa, etc. Poco a poco su red maléfica se fue extendiendo como una tela de araña sin que nadie se diera cuenta. A los dos años de ejercer este nuevo empleo, Bonita se casó con Bucéfalo. Más tarde, ayudado por ella, éste llegó a ser presidente de una de las empresas más pujantes de toda España, La Telefónica.  A través de esta empresa planeó introducirse en Estados Unidos y desde allí, acceder al resto del mundo. Todo estaba tramado, Su planes se estaban cumpliendo a las mil maravillas. Mientras tanto, Bonita tuvo dos potrillos: Babieca y Rocinante. Pretendía colocarlos  en puestos estratégicos en aquel país. Una vez introducida Angelina Jolie en la Casa Blanca, la cosa fue fácil. Cuando ya casi toda la tierra estaba colonizada, ocurrió que llegaron a oídos del Comité Interestelar de Defensa de los Animales lo que estaban maquinando aquellos invasores y decidieron intervenir. Desde el futuro hicieron venir a una  hormiga atómica armada de un sacacorchos y una escopeta recortada de dos cañones, su nombre era: Arnold Schwarzenegger. Sus órdenes eran tajantes: extraer del cerebro con el sacacorchos aquellos molestos inquilinos sin que nadie se diera cuenta, causándoles el menor daño posible.

Eran las 12 de la noche del 7 de  enero del 2010 cuando Arnold fue teletransportado a la cuadra donde estaba Bonita. Ella tenía 57 años cuando esto ocurrió. Al practicarle la extracción de la alienígena, puso tanto ímpetu que, la yegua tuvo un derrame cerebral. En ese momento Bonita llamó a Rocinante, su hijo pequeño, y le pidió que la llevase al sillón porque ella no podía hacerlo sola. Pero, al ver éste que la cosa no pintaba bien, decidió alertar a la familia. Llamaron inmediatamente a la ambulancia y la ingresaron en la unidad de cuidados intensivos del hospital Veterinario. Allí estuvo ingresada 2 meses y después la llevaron al Corral Hospital de San Juan de Dios. Gracias a Rocinante la cogieron a tiempo. Pero aún así, toda la parte derecha de su cuerpo la tenía inutilizada. No podía tragar. No podía caminar. No podía hablar. La alimentaban por una sonda nasogástrica. En fin, una pena. Bucéfalo, su marido,  la obligaba a hacer ejercicios a diario y, gracias al tesón y la constancia que los dos demostraron en su cura, Bonita fue recuperando paulatinamente el dominio de su cuerpo. Al extraer  Arnold Schwarzenegger el huésped de su cabeza, Bonita volvió a recuperar su antigua forma de ser comprensiva y buena, aunque  es cierto que a un precio muy elevado. Algunas de sus facultades quedaron algo mermadas, sin embargo, otras se vieron incrementadas como por ejemplo las cualidades artísticas. Bonita iba casi todos los días a un Centro de rehabilitación que se llamaba Atecea. Allí le enseñaron a pintar al óleo, a hacer paisajes de medio punto y la animaron a escribir un  libro de recetas de cocina. Un año se presentó Bonita a un concurso de pintura al óleo y lo ganó. Ella misma era tan inconsciente de su nueva capacidad que, al recibir la noticia del premio no se lo podía creer. Total –decía ella−, ¡si sólo hice cuatro trazos mal puestos por aquí y por allá y nada más!…

Por su parte, la hormiga atómica, Arnold Schwarzenegger, fue realizando su labor sin hacer ruido y sin dejar demasiado perjudicados a los pobres terrícolas. Según tengo entendido, aún anda por esos mundos de Dios con su sacacorchos y su escopeta recortada liberando a la tierra de la posesión extraterrestre. Gracias a que Bucéfalo cogió la jubilación anticipada, se pudo dedicar en cuerpo y alma a ayudar a su querida yegua a recuperarse. A pesar de que no fue fácil la vida para ellos a partir de entonces, aquellas circunstancias los unió aún más si cabe… Lo que nadie sabe, excepto usted y yo, claro está, es que la verdadera razón del ictus de Bonita fue que Arnold extrajo a Angelina Jolie de su cabeza con un sacacorchos. Pero por favor, si por casualidad algún día la ve, no se lo diga, ¿vale?

                                                                FIN


martes, 30 de diciembre de 2014

POR UN PUÑADO DE GOLOSINAS

DICIEMBRE DESCEREBRADO

ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, os dejamos el último cuento del año, el doceavo cuento desarrollado con Timoteo Gonzalo.

Timoteo Gonzalo

POR UN PUÑADO DE GOLOSINAS

Érase una vez tres dulces ángeles que querían nacer y no encontraban ninguna familia a su gusto. Todavía les quedaban cosas por aprender para conseguir el rango de arcángeles y necesitaban volver a la tierra para doctorarse. Después de mucho patear por diferentes Ministerios, se fueron al de “Reencarnaciones y Resurrecciones” para echar una instancia. Al llegar allí pidieron un formulario y, después de rellenarlo, les dijeron que ya se pondrían en contacto con ellos cuando encontrasen a la familia adecuada. Pasaron los siglos y un buen día recibieron la tan deseada llamada. Se presentaron allí los tres ángeles, nerviosos como flanes. Santo Tomás de Aquino, que era el secretario, les mostró un dossier que contenía la información que tanto habían esperado sobre los padres propuestos. Les dijo que aquella carpeta contenía todo lo que les iba a suceder en el futuro a los que serían sus futuros padres. También; que después de examinarlo lo podrían aceptar o rechazar, pero que bajo ningún concepto lo podían revelar a nadie debido a las repercusiones que ello podría conllevar a los propios afectados. Los tres ángeles lo juraron  e inmediatamente se fueron a una mesa retirada para conocer a su futura familia. Abrieron la carpeta con excitación, y uno de ellos comenzó a leer en voz baja:
−“En un pueblo de Soria, cuyo nombre es Quintana Rubias de Abajo, vivirá una familia de conejos muy particular.  Tendrán 8 hijos y  el más pequeño será el más travieso. Éste se llamará Claveles y será el elegido para ser vuestro padre. Claveles tendrá muy buen corazón pero su espíritu inquieto y aventurero le llevará a realizar travesuras arriesgadas, que más tarde le costarán alguna que otra azotaina por parte paterna. Aunque éstas travesuras serán propias de niños de su edad, a su padre, que lo querrá barbaridad, no le dejarán indiferente. Muy al contrario, aún se enfurecerá más cuando alguien se pase por su casa con quejas por algo que su hijo pequeño habría cometido. Contaré dos anécdotas para que se hagan una idea:
Un día, Claveles y sus amigos de la pandilla, llegarán a arrancar todos los tomates y cebollas que había en un huerto, arrojándolos después a un pozo. El dueño del campo, no se sabe a ciencia cierta cómo se enterará, pero el caso es que se presentará en su casa y su padre le tendrá que pagar el desaguisado, no sin antes quitarle el polvo al trasero de su querido hijo en presencia del afrentado agricultor. Otra de las sonadas travesuras por parte del susodicho será que él y su cuadrilla se subirán al tejado de un pajar y tirarán todas las tejas al suelo, rompiéndose todas ellas, claro está. En fin,  así podríamos continuar con cientos y cientos de travesuras de este calibre.
Cuando cumpla los 13 años, Claveles se irá a Barcelona a trabajar de camarero. Allí permanecerá 5 años trabajando en Sans, barrio muy popular y populoso de la ciudad Condal. Como será muy trabajador y honrado, sus jefes le tendrán un gran aprecio. Como dije, los problemas vendrán a raíz de su espíritu aventurero. Allí conocerá a unos conejos que lo meterán en el tráfico de golosinas. Y por aquí le vendrá su perdición, como más adelante veremos… A los 18 años volverá a Zaragoza y se montará un bar en la calle Daroca a medias con un hermano, al que más tarde le comprará su parte y se quedará solo en el negocio cuyo nombre será “Los Numantinos”. Ese mismo año conocerá a Rosita, la coneja con la que se casará. Ella será su ángel de la guarda, el puntal de su casa y su fiel compañera. Él tenía 24 años y ella 19 cuando se casaron y se irán a vivir en un piso madriguera encima del negocio. La familia de ésta era de Monforte de Moyuela, Teruel. Tendrán tres retoños. Después de 20 años trabajando los dos a brazo partido casi las 24 horas del día, decidirán que aquello no era vida y lo traspasarán. Él encontrará un puesto de trabajo repartiendo magdalenas. Después de 5 años realizando esta labor, pasará un aciago día en el que éste estará realizando su labor como siempre y un traficante de golosinas americano se lo encontró. Su nombre es Clint Eastwood. Al verlo lo retará a un duelo a muerte a la antigua usanza, a pistola… A este capo mafioso lo conoció Claveles en Barcelona. Resulta que cuando traficaba con golosinas se equivocó con los cambios al ir a pagar al malvado capo una partida de regaliz, y éste se lo tomará a mal. Y se la tuvo jurada desde entonces hasta aquel  día que, por casualidad se lo encontró repartiendo magdalenas en la Calle García Sánchez. Y fue a por él.  Al chapurrear un poco el castellano, Clint le dirá:
− ¡Eh you! Mi going to matar a tú. −Que traducido al castellano quiere decir: “’ ¡Eh tú! Yo te voy a matar a tú"
Como Claveles sabía que Clint era el más rápido al oeste del Ebro, le contestará:
− ¡Oh, no por favor, fue un error! Me equivoqué con los cambios, te lo devolveré todo, no te preocupes. No era mi intención. No me mates, por favor. Tengo tres hijas que alimentar. No tengo pistola para defenderme…
Pero Clint era un hombre sin piedad. No en balde se había criado en Garrapinillos debido a que era hijo de militares procedentes de Kansas City que trabajaban en la base americana. Por otra parte,  andaba éste un poco duro de oído y no comprendió bien lo que decía Claveles. Clint le prestará una pistola a Claveles y haciendo gala de su falta de escrúpulos y de su aguda sordera, volverá a repetir:
− ¡Mi going to matar a tú! Y no spok  anymore. −Que quiere decir más o menos: “’¡Yo voy a matar a tú y no se hable nada más!”, o algo así.
Se pondrán uno frente al otro mirándose fijamente. Clint tendrá los ojos inyectados en sangre, mas Claveles estará temblando. Entonces, sabiendo Claveles que le quedaban pocos segundos de vida, rezará un padre nuestro y, al disparar Clint, milagrosamente la bala se desviará de su trayectoria al corazón y le dará en la cabeza. Éste caerá al suelo, dándose un coscorrón en la cabeza. Claveles no morirá, pero lo dejará marcado de por vida. A Clint lo meterán en el calabozo, pero al tercer día, sus secuaces asaltarán la prisión y huirá a Cincinnati. A resultas del duelo, la bala se alojó peligrosamente en la región occipital del tubérculo izquierdo de la zona consistorial que lo dejará viendo zanahorias dando vueltas en su cabeza por 3 meses en la madriguera hospital de la MAZ. Cuando éste se canse de contar zanahorias, se despertará y pedirá rábanos. Y así estará 19 meses ingresado en aquel Centro. Apenas podrá reconocer otra cosa que no sea los rábanos y las zanahorias. Apenas podrá dar saltos, ni comer solo, ni asearse por sí mismo, ni hablar, ni nada de nada. Necesitará ayuda para todo. Cuando el médico que lo atienda le dé el alta, le dirá a su mujer: “No me gustaría estar en su pellejo”.  Lo dirá porque él era consciente del trabajo que se le venía encima a Rosita al tener que atender a su marido en casa. Y así será. A partir de aquel momento, la vida  dará un vuelco de 180 grados a toda la familia. Si antes era Claveles el que trabajaba como un mulo para todos, a partir de su vuelta a casa, todos tendrán que arrimar el hombro para sacar adelante a su padre.
La jefa de planta de la MAZ llegará a decir de Claveles: “nunca he conocido a nadie al que le viniesen a ver tanta gente”. Y es que Claveles siempre tenía una palabra amable para todos y será muy servicial con todos. Siempre estará dispuesto a hacer favores a quien se lo pidiera. Por eso sus clientes le apreciarán tanto. De hecho, cuando se acercara al bar para jugar al guiñote con sus amigos en silla de ruedas, siempre habrá alguno que se levantará para cederle el puesto. En el período de tiempo que estará ingresado en la MAZ, conocerá a un conejo que, estando en su misma situación y llevando más tiempo que él allí, le informará sobre un Centro de rehabilitación en la Avd. Goya. Allí conocerá Claveles a Koke, la enfermera de la terapia ocupacional que le enseñará todo lo que el duelo con Clint Eastwood le robó de la mente. Ella será para él como la comadrona que le ayudará a nacer de nuevo. Toda la familia  querrá a esta coneja a rabiar porque le echará una mano a su padre más allá de sus obligaciones como profesional. Como Claveles no se podía mover, ella estará 2 años yendo a su casa para trabajar con él. Por cierto, la madriguera de encima del bar la tendrán que abandonar dado que no tenía ascensor, y en las condiciones que estará Claveles, será de extrema necesidad. Posteriormente se trasladarán a un  piso madriguera que reunía las condiciones necesarias para él, situado en la calle Gomez Laguna.  Como digo, la dedicación de Koke a su trabajo será en cuerpo y alma. Cuando él ya esté bastante recuperado después de esos 2 años de un tremendo esfuerzo por parte de los dos,  nacerá un nuevo Centro cuyo nombre será Atecea y allí continuará el tratamiento. En un principio, este Centro de rehabilitación estaba en el barrio del Arrabal y más tarde se instalarán frente al hospital de la MAZ. Aunque su mejoría  será constatable, Claveles nunca volverá a ser el mismo que era antes. Siempre necesitará la ayuda de su mujer, de sus hijas y de toda la familia y amigos”…
 El dossier aún continuaba largo y tendido, pero no lo puedo transcribir aquí debido a que es una información extremadamente delicada. Cuando el ángel terminó de leer el contenido del archivo, se miraron los tres y decidieron dejar pasar unos días para pensárselo. Al cabo de los cuales, regresaron y le dieron el visto bueno. Firmaron los tres el documento. Los tres estuvieron de acuerdo en nacer en aquella buena familia. Y contentos con su decisión, regresaron a su nube a la espera de que les tocase el turno para volver a la tierra como hembras de conejo. Y cuentan los que las conocieron, que consiguieron el doctorado con matrícula Cum-laude. Y dicen que hoy tienen su propio despacho de arcángeles en el cielo… Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
                                                              FIN

miércoles, 26 de noviembre de 2014

DIENTES DE SABLE

NOVIEMBRE DESCEREBRADO

ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, os dejamos el onceavo cuento desarrollado con Angel Ramos.

Ángel Ramos


DIENTES DE SABLE

Hubo un tiempo en el que Villamayor fue un pueblo próspero; pero, después del ataque de los extraterrestres en el siglo XXXlV y tres cuartos de la era pasada, aquella zona quedó completamente devastada. No quedaron ni las margaritas para contarlo. Tardó aquel territorio mucho tiempo en regenerarse, pero poco a poco la vegetación fue curando las heridas radioactivas. Con ella fue surgiendo una nueva especie de animales;  producto de la simbiosis atómico-molecular-transgénico-multiforme- congénita. De todas ellas, cuentan que había una que era la reina, por su ferocidad  e inteligencia. Se le llamaba a esta raza “lupus erectus”, y bastaba pronunciar su nombre, para que todos los animales huyeran presas de espanto. Esta nueva especie de carnívoros se expandió rápidamente por todos los continentes y mantenían a raya al resto de la fauna interplanetaria. Dicen que en la zona que antiguamente fue Villamayor, quedó cubierta por una espesa selva. Ésta era el territorio de caza de una vasta  manada de “lupus erectus” extremadamente eficaz por su coordinación en todos los ámbitos. El instinto de territorialidad lo tenían muy marcado y guardaban el perímetro de sus posesiones celosamente. La historia que os voy a contar le ocurrió a uno de sus miembros. Este lupus se llamaba Dientes de Sable. Dientes de Sable era  joven, fuerte, inteligente, simpático, excelente conversador, fiel amigo de sus amigos…  En fin, era todo un ángel para los integrantes de su clan. Siempre le gustaba salir de juerga con los mismos amigos. Con otros integrantes de su manada celebró la tradicional fiesta de los “choperos”, que era la fiesta de los Quintos. Se llamaba así porque tenían que cortar un chopo y esconderlo para que los quintos del año siguiente o”antichoperos”, no lo encontrasen. Con unos y con otros  era con los que siempre se  iba de caza.

Ocurrió en uno de esos días en los que toda la jauría de jóvenes lupus cazaba en su territorio. Entre todos, consiguieron acorralar a un peligroso “Dinociervus mastodónticus”. Dientes de Sable se arrojó al cuello del animal pero, en ese preciso momento, cabeceo con tan mala suerte que, nuestro amigo en vez de morder la tierna carne de su gaznate, clavó sus afilados colmillos en el cuerno del animal y se partió la dentadura.  Se quedó sin dientes, y eso, para un lupus, podía significar la muerte. ¿Cómo iba a cazar a partir de entonces? Y sobre todo, ¿cómo iba a masticar sin dientes?, se decía  él con tristeza. Sus compañeros, viéndole tan apenado, avisaron a sus padres y, juntos,  lo llevaron  a la Cueva de primeros auxilios del Hospital Miguel Servet en donde había un brujo muy reputado cuyo nombre era  Colmillo Retorcido. Se llamaba así porque nació con un diente haciéndole palanca.  Cuando explicaron a éste lo que había sucedido,  el viejo chaman fue a coger sus huesos mágicos con los que adivinaba el futuro. Pero como estaba un poco ciego; en vez de coger los huesos, cogió las cucharillas del café, que también eran de hueso. Después de echarlos al suelo unas cuantas veces,  dijo sin ningún género de dudas:

−A Dientes de Sable lo que le pasa es que tiene una fractura craneoencefálica aguda. Tiene dañado el lóbulo occipital derecho de su cráneo y éste le presiona el cerebro gravemente. ¡Vamos! Lo que se llama en términos seudocientíficos: “Daño Cerebral Adquirido, (DCA)”. Lo cual me lleva a pensar que esto le afectará a corto o largo plazo al movimiento basculante pendular de la parte izquierda del cuerpo metafísico singular y al habla, −dijo el brujo.

Al oír aquello, tanto los padres como los amigos del accidentado se asustaron mucho. Aquella retahíla de palabras que no comprendían no parecía presagiar nada bueno. Entonces, objetaron todos tartamudeando:

−¡Pe, pe, pero si solo se ha roto los dientes,  su excelencia!

A lo que el místico replicó:

−Lo siento. Comprendo su dolor pero esto es lo que hay. Los huesos no mienten. Pero si quieren una segunda opinión, yo conozco a un colega del ramo que por un precio módico os daría su parecer sobre el problema de su hijo…

− ¡Nada, nada!, −contestaron todos al unísono−, ya nos fiamos de usted, señor colmillo retorcido. Pero...  ¡díganos! ¿Qué podemos hacer para que se restablezca nuestro hijo?

−Conozco una Caverna de rehabilitación para lupus con DCA excelente.  Está en la Costa Salvaje y se llama “Guttmán”.  Allí,  en poco tiempo dejarán al cachorro niquelado, como si nada hubiera pasado.  Además, si le decís qué vais de mi parte os harán un pecio especial,  ¿os hace? – les preguntó el anciano.

A lo que no tuvieron más remedio que decir que sí, pues no tenían a nadie a quien acudir. El alquimista les extendió dos recetas: una en la que saludaba a su colega de la Costa Salvaje y le daba su pronóstico sobre la supuesta lesión de Dientes de Sable. Y otra en la que figuraban sus honorarios. Los padres de éste cogieron las dos notas, abonaron lo que se debía y se fueron de la Cueva Hospital con la cabeza gacha y el corazón encogido. Al día siguiente el padre, la madre y Dientes de Sable estaban sentados en el despacho  del curandero Guttmán. Y éste, siguiendo el diagnóstico de su colega, comunicó a sus clientes el tratamiento a seguir… Lo ingresaron aquel mismo día y a la mañana siguiente le colocaron con tornillos la dentadura de un tigre de Bengala con la cual podía masticar y aullar con naturalidad. Los caninos le afeaban un poco porque le sobresalían por fuera de la boca. Los padres de Dientes de Sable se alojaron en la choza de una tía abuela por parte materna mientras su hijo estuvo allí. Tras  2 meses y 20 días de interminables pruebas, ejercicios de recuperación, fisioterapias, análisis neurológicos, etc., le dieron el alta. Al salir de allí, cojeaba de su pierna izquierda y estaba empezando a perder sensibilidad de parte de su cuerpo. Pero él decía:

−Parece mentira, estoy mejor que nunca. Puedo hablar y morder. Es una maravilla…

Al llegar a la entrada de su cueva en Zaragoza; se encontró con una agradable sorpresa: habían colgado un cartel en la puerta que decía: “Bienvenido Dientes de Sable, te queremos”. Entró en su hogar. La mesa del comedor estaba repleta de su comida preferida. Él no entendía nada. De repente, se abrió la puerta de la cocina y salieron de allí sus queridos amigos y sus tíos sonriendo y dándole la enhorabuena por su nueva dentadura. Se abrazaron. Dientes de Sable se emocionó como nunca antes lo había hecho, después de lo cual, pasaron toda la tarde juntos; comiendo, riendo y recordando viejos tiempos.  En el transcurso del día, se pusieron al corriente de las últimas noticias ocurridas en el espacio de tiempo que había estado en Barcelona.

Pasaron 8 meses desde su llegada a Zaragoza y; viendo su madre que no mejoraba, buscó a un druida para que su cachorro recuperara la sensibilidad perdida. Y lo encontró en un lugar llamado Atecea. Allí estuvo primero como usuario y, cuando  consiguió restablecer, en gran medida, las sensaciones de su costado, se ofreció como voluntario para ayudar, en lo que hiciera falta, a otros animales que estuvieran en su misma situación. Aquella experiencia le había cambiado la vida. Aunque no fue fácil para él superar  sus nuevas circunstancias. Hay que decir que si algo tenía Dientes de Sable, era un espíritu combativo. Que no se arrugaba ante las dificultades. Era como un castillo de piedra con un corazón de oro. Con tan solo 18 años de vida, se había enfrentado a bestias más temibles que aquella con la que estaba obligado a luchar, −se decía él.

Esperó un tiempo para tomar aire y, cuando encontró las fuerzas necesarias, prosiguió con  los estudios que había abandonado para irse a Barcelona. Siempre fue un buen estudiante, mas ahora sus expectativas de futuro habían cambiado: antes quería hacer la carrera de psicología, ahora se conformaba con terminar un grado superior de Administración y Finanzas.  Le hacía ilusión  viajar y conocer diferentes culturas. Guardaba con especial cariño en su memoria un viaje que hizo a Punta Cana con sus padres cuando era pequeño y quería retomar esta actividad olvidada. Antes su afecto era solo para los miembros de su manada, ahora su círculo se había ampliado.  En fin, Dientes de Sable seguía siendo el mismo ángel de siempre, solo que ahora se nutría de los pequeños detalles. Quien sabe  lo que me deparará el futuro −se repetía a sí mismo−, pero de una cosa estoy seguro, que lucharé como un león por conseguir mis sueños. Y cuentan los que le conocieron, que hizo grandes cosas por el bien estar de todos los animales. Y dicen los que le trataron; que fue muy,  pero que muy feliz.

FIN

miércoles, 22 de octubre de 2014

JOSÉ, EL RUISEÑOR

OCTUBRE DESCEREBRADO

ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, os dejamos el décimo cuento desarrollado con el propio Venancio Rodriguez.


JOSÉ, EL RUISEÑOR

Al rey ruiseñor le iba a nacer su primer hijo. El pobre pájaro estaba en la sala de espera de maternidad hecho un manojo de nervios. Su mujer había muerto en el parto y sólo le quedaba aquel hijo como recuerdo de su amada. Solicitó la asistencia al nacimiento pero, el equipo médico se lo denegó porque preveían que habría dificultades.
Ya llevaba dos horas desde que el huevo entró en el quirófano, y esto no era un buen síntoma; él se esperaba lo peor. Pasó media hora más, cuando de repente, se abrió la puerta del quirófano y de allí salió un pájaro con bata verde y cara de circunstancias. Se le acercó con paso templado y con voz suave le comunicó que todo había salido bien, pero que su hijo tenía un defecto... Le faltaba una pata. 
Aquella noticia le sonó al rey como un cañonazo. Cayó en la silla de sopetón, llevándose las alas a la cabeza. Pensó en su reino, pensó en cómo iba a presentar en sociedad a su hijo y sintió vergüenza. Lo cogió en brazos y en la primera pajarería que encontró, lo abandonó. 
Al llegar al bosque, sus súbditos le habían preparado una fiesta. Pero al ver la cara de tristeza que traía su rey, recogieron todo y cada uno se fue a su árbol en silencio. 
A la semana de haber salido del huevo y gracias a los cuidados de aquellos profesionales, el pollo fue ganando peso y las plumas ya le empezaban a salir por todo el cuerpo. Parecía como si la naturaleza quisiera compensarle por el error que había cometido con él, haciendo que otras facultades se le incrementaran rápidamente.

Un buen día pasó por allí Berta, la hipopótama, que quedó estéril por culpa de una enfermedad venérea que le contagió su marido por su mala cabeza. Y al ver aquel pollito en el escaparate, tan pletórico de vida, tan tierno, tan indefenso... Se enamoró de él y sus instintos maternales la llevaron a iniciar el papeleo para llevárselo sin pedirle opinión a su marido. 
Cuando ya estuvo todo arreglado, se presentó en casa con el pajarillo entre sus patas llena de alegría. Al llegar su marido se lo presentó diciendo: 
─Mira maridito mío, como me dejaste estéril, he adoptado este polluelo. Tienes dos opciones, o aceptarlo y ayudarme a criarlo o irte de casa, ¡tú mismo! ¿Qué vas a hacer? Dímelo pronto porque a partir de ahora tendré mucho trabajo. 
Alberto, que así se llamaba su marido, ante aquella disyuntiva no le quedó otra que decir que sí. No obstante, puso una débil objeción diciendo: 
─Pero, Berta querida, si este animal es de otra especie. ¿Qué pasará cuando se haga mayor? Tendrá problemas de identidad, se hará un lío y nos lo echará en cara. 
Berta, que era muy larga y para todo tenía solución le contestó: 
─Lo que haremos será quitar todos los espejos de la casa y le diremos que es un hipopótamo.

Y así lo hicieron. Le pusieron por nombre José, al pequeño ruiseñor y pensando que era un hipopótamo fue creciendo arropado por los atentos cuidados de Berta y Alberto. 
Creció tanto en estatura como en fracasos. La vida de los hipopótamos se le hacía muy pesada a José para sus pequeñas fuerzas. 
No obstante, José era un artista maravilloso con sus imaginarias patas delanteras, cualquier cosa que se proponía hacer, lo hacía sin ningún tipo de preparación. Incluso llegaba a soñar que con sus patas delanteras podía volar entre los árboles, por las nubes, dejarse llevar por el aire. Era estupendo, pero, esto no se lo podía contar a nadie, debía guardárselo para sí, de lo contrario, se le reirían los que él suponía que eran de su especie. 
A los veinte años conoció a Margarita una linda hipopótama, funcionaria ella del Instituto Nacional de la Seguridad Social. 
Se casaron y tuvieron dos hermosos hiporuiseñores: Amadeo y Helena con (H), Margarita era de educación clásica. 
El nacimiento de sus dos hijos llenó de alegría el corazón atormentado por las dudas y los fracasos de José, e hicieron que se centrara más en su trabajo: La albañilería. 
Era uno de los mejores especialistas en las grandes alturas. Allá donde nadie quería subir, José se encaramaba sin ningún temor. 
Todo iba sobre ruedas como se suele decir, pero la fatalidad o la suerte, según se mire, quisieron que un día cambiara el curso de su vida. 
Se encontraba alicatando una fachada a 80 metros de altura cuando un ruiseñor se posó a su lado y se lo pió todo. 
Al llegar a casa, José contó a su mujer lo que le había pasado aquel día en la obra. Le dijo que un pájaro le había demostrado que él no era un hipopótamo, que era un ruiseñor y le hizo a su mujer unas torpes muestras para corroborar sus palabras. Aleteaba de un lado para otro a lo largo del comedor.

Margarita al ver aquel espectáculo se puso a llorar y le dijo asustada: 
─Tienes que ir al psiquiatra, necesitas ayuda. 
José se echo a reír, y volvió a agitar sus patas delanteras y dar saltos una y otra vez. 
Tanto le imploró Margarita que fuera al psiquiatra que José accedió a ir de mala gana. Pidieron cita en la Seguridad Social y llegado el día, se presentaron los dos cogiditos de las patas y con el corazón encogido. 
Entraron en la consulta y José expuso detalladamente al facultativo lo que pasó aquel día en la obra. El doctor le escuchaba atentamente, analizando todas sus palabras. Al terminar José de contar su historia, el médico sacó su talonario de recetas y se puso a escribir. 
Margarita, toda nerviosa le preguntó: 
─Señor Latifundio, ¿qué le pasa a mi marido? ¿Es grave? 
─Señora, su marido padece un brote de esquizofrenia paranoide. Pero no se preocupe, estas pastillas le irán muy bien, ─contestó el psiquiatra. 
El mundo para Margarita y José se había acabado aquel aciago día. José empezó a tomar aquellas pastillas, pero notaba que lo dejaban atontado y con mucho sueño. Este estado era muy peligroso para desarrollar su trabajo y decidió dejarlas sin que Margarita lo supiera. 
Por otra parte, cuando estaba a solas practicaba el vuelo corto y los saltos. 
En su interior, José se preguntaba si en realidad estaba mal de la cabeza o tenía razón aquel pájaro de la obra.

A medida que el tiempo pasaba, los vuelos cortos se iban alargando más y más y la convicción de que en realidad era un ruiseñor se iba consolidando. Por su parte, Margarita que no se chupaba la pezuña, notaba que su marido ya no era el mismo, lo había perdido y el amor por él también. Ahora le producía miedo, para ella esta situación era insostenible, tenía que terminar algún día no muy lejano, porque de lo contrario, sería ella la que necesitaría ayuda. 
No hacía más que pensar en la separación, pero, estaban los hijos ¿qué podía hacer? 
Un día se armó de valor y fue a visitar a su abogado para que le asesorara sobre sus derechos y obligaciones. Sufría enormemente porque en su interior sentía que iba a abandonar a su marido cuando probablemente más la necesitaba. 
Todo se desencadenó el día en el que Margarita se olvidó las llaves de su despacho en casa. Al entrar en el jardín, vio a José encaramado a la rama de un árbol, y éste al verse pillado “in fraganti”, le dijo: 
─Mira Margarita lo que hago. Y de un vuelo rápido llegó hasta la chimenea de la casa que distaba cincuenta metros en línea ascendente. 
Margarita ya no tuvo dudas. Se fue directamente al abogado y en poco más de una semana estaban los dos firmando la separación delante del juez. 
A esas alturas, José ya tenía claro que no era un hipopótamo, él era un ruiseñor y por lo tanto no tenía sentido seguir con aquel teatro. Estaba claro que era de diferente especie, su voz era más fina, sus patas más pequeñas, su cuerpo estaba cubierto de plumas y sus excrementos eran más pequeños porque, cada cual caga según sus dimensiones. También y sobre todo, que su medio era el aire, su casa los árboles y su lenguaje los trinos. 
Ahora se podía dedicar a lo que toda su vida había anhelado, volar, volar entre los pinos, volar por el aire entre las nubes, dejarse caer en picado y luego subir. En aquellas circunstancias se mezclaban dos sentimientos contrapuestos: por una parte sentía tristeza porque presentía que iba a perder a sus hijos, pero por otra parte, estaba alegre de poder hacer lo que siempre había soñado. 
Solo quedaban tres asuntos que le inquietaban: en primer lugar y el más importante el futuro de sus hijos. En segundo lugar la identidad de sus verdaderos padres. y en tercer lugar aunque no tan preocupante, era el hecho de que nadie ni siquiera él mismo se hubieran percatado de que no era un hipopótamo, de que él, José, era un ruiseñor, pero esto, ya es otra historia,




                                                                       FIN

martes, 16 de septiembre de 2014

NUBE ROJA

SEPTIEMBRE DESCEREBRADO

ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, os dejamos el noveno cuento desarrollado con ALFONSO GARCÍA.

Alfonso García


NUBE ROJA

Nube Roja era un león de pocos años que nunca se rendía. Viento que Pasa, que así se llamaba su papá; se ganaba la vida como peluquero de animales. Siempre que sus estudios se lo permitían, nuestro joven león y su hermano, que era mayor que él, se iban con su padre los fines de semana  para ayudarle en su trabajo. Como llevaba mucho tiempo en el oficio y era un artista consumado en lo suyo, el padre de éste tenía muchos clientes repartidos por todo Aragón. En realidad, Viento que Pasa lo que quería era enseñar el oficio a sus hijos por si acaso en el futuro decidían abandonar los estudios. Para desgracia de la familia, un día ocurrió  que su papá tenía mucho trabajo y les pidió que le ayudasen en su labor. Tenían que ir a un pueblo del Pre-Pirineo oscense, concretamente a la Sierra de Guara. Era un pueblo pequeño, medio deshabitado que se llamaba Otín. Resulta que llegaron allí, y como siempre, empezaron la faena. Aquella terrible mañana tenían 3 permanentes, 2 tintes y 4 mechas por hacer con sus respectivos cortes de cabello, pero todo salió mal. Las permanentes quedaron demasiado rizadas, no acertaron con el tono de los tintes, las mechas quemaron el cabello de sus clientes... En fin, todo mal. A los animales de Otín esto no les pareció bien, de modo que se fueron a quejar a Ortiga Picante, la bruja del lugar. Ésta vivía cerca del Dolmen que se encuentra en las inmediaciones del pueblo. Una vez allí, los indignados  cuadrúpedos le comentaron a la hechicera  su malestar por el trato que habían recibido por parte de los barberos que llegaron al pueblo. Al terminar las bestias de exponer su relato, la vieja pronunció un potente conjuro mientras preparaba una pócima a base de cola de lagartija soltera, patas de araña viuda, pelos de mosca recién parida y 3 dientes de murciélago medio moribundo. Lo coció media hora a fuego lento con una rama de mandrágora y les dijo a sus clientes que se lo dieran a beber a los rapabarbas sin que éstos se dieran cuenta. La bruja les advirtió  que tuvieran paciencia porque  el brebaje tardaría en hacer efecto, pero que, sin lugar a dudas, lo que tuviera que ocurrir, ocurriría a las 13 horas de un día cualquiera. Así lo hicieron los escocidos bichos, pero el hijo mayor no bebió del brebaje. Gracias a Dios, se encontraba mal en aquel momento y se fue a la cama pronto. Los tremendos efectos de aquel caldo no se hicieron esperar, para desgracia de aquella feliz familia.
Terminado el trabajo, Viento que Pasa y sus hijos volvieron a Zaragoza. Transcurrió el tiempo y cuando Nube Roja tenía 19 años, sucedió. Habían ido a pasar unos días a Villa la Raya, pueblo natal de los padres, porque eran las fiestas. A poca distancia de allí se encuentra Zampilandia, que estaba en la misma situación festiva. Los dos  pueblos son provincia de Huesca. Una vez que la fiesta decayó en el lugar,  Nube Roja y sus amigos cogieron su “piedramóvíl” y se fueron a Zampilandia para ver si pescaban alguna hembra apetitosa. A media noche, parte de sus amigos se fueron a dormir y quedaron en la aldea  nuestro amigo y un compañero. Pasaron toda la noche y parte de la mañana retozando con lindas leonas del lugar... A las 12 de la mañana volvieron en su piedramóvil a Villa la Raya y, después de parar en el camino para llenar el “piedradepósito” de combustible, tuvieron un accidente con un “pedruscomóvil”, eran las 13 horas. Como resultado de aquel fatídico encontronazo, el joven aprendiz de peluquero se dio un golpe tan fuerte en la cabeza, que lo dejó 35 días contando pajaritos. Y su amigo…, su amigo se fue a la selva del cielo a cazar ciervos en mejores sabanas.
Lo ingresaron en la unidad de cuidados intensivos de la caverna del chaman Miguel Servet de Zaragoza. Cuando Nube Roja despertó de su sueño, de tantos pajaritos como contó, se convirtió en uno de ellos. No conocía a nadie, no podía moverse, no podía decir ni pío. Aquello se  escapaba de los conocimientos del mago, después de mucho tiempo  en aquellas condiciones, cuando ya casi habían perdido toda esperanza de recuperar a su cachorro. Un día, su madre  Hierba Buena  le dio una rosa roja boca abajo. El joven la cogió y le dio la vuelta. Aquel simple detalle llenó de alegría el corazón de los apenados padres de Nube Roja. Nunca antes hubieran pensado que tan sencillo gesto pudiera significar tanto para ellos. Aquel fue el primer síntoma de la mejoría del pequeño. Después de éste, vino otro de particular significación. Al cuarto mes de estar ingresado, estando a solas, el joven Nube Roja le lanzó un débil rugido a su padre. Cuando la madre entró en la habitación y vio la cara de felicidad de su marido, adivinó que algo muy bueno había ocurrido. Él se lo contó y seguidamente le dijo a su hijo que le dijera algo a su mamá, y el pequeño  lanzó otro sutil rugido, aunque con diferente tono. Que un león rugiera a sus padres, se consideraba una falta grave de respeto, pero a ellos esto les supo a gloria bendita. A partir de aquellos primeros adelantos, vinieron más y más. Por insignificante que éstos fueran, todo avance era celebrado como si del mejor premio se tratara. El enfermo no lo sabía; pero mientras estuvo inconsciente, Flor silvestre, la leona con la que estaba arrejuntado en aquel entonces, estuvo visitándole muy a menudo. Al entrar le besaba, saludaba a sus padres, se sentaba un ratito haciéndole compañía y, después de besarle otra vez en la frente, se marchaba. Los amigos de Nube Roja también le fueron visitando de vez en cuando. Eran buenos amigos y lo fueron más cuando éste recuperó la consciencia y supo de la gravedad de su estado. Sabía que sería muy difícil que volviera a ser el mismo de antes. Y con todo el dolor de su corazón le dijo a su amada que no volviera. Le dijo que no quería complicarle la vida, que quería estar solo, que se buscara a otro compañero, se casara con él y que fuera feliz. Le dijo que siguiera con su vida como si nunca le hubiese conocido… Flor silvestre no quería irse, ella lo amaba de verdad. Pero, Nube Roja insistió tanto que al final tuvo que desistir de su empeño. Y con amargura, su amada dejó de visitarlo.
En total, estuvo 10 meses en la cueva del chaman Miguel Servet, después de los cuales le dieron el alta médica. Pero Nube Roja no estaba ni mucho menos recuperado. Al poco tiempo, Viento que Pasa tuvo un accidente y dejó viuda a la pobre Hierba Buena. Fue a las 13 horas, y con esto se cumplió la maldición de la malvada bruja. La mamá de Nube Roja tenía que bregar sola con su hijo, el cual, no podía valerse por sí mismo. Con todo el dolor de su corazón por la dramática perdida de su marido, su madre no se amilanó. Su hijo la necesitaba con urgencia en plenas facultades, y ella hizo de tripas corazón y se dedicó en cuerpo y alma a él. Aunque aquella selva no estaba preparada para entender el mal que aquejaba a Nube Roja, ella no cejaba en su empeño de buscar a alguien que le pudiera ayudar. Hizo lo posible y lo imposible por encontrar a un chaman que pudiera  curar a su cachorro, pero nada. Después de un tiempo, éstos veían que aquel caso se les escapaba y desistían del  empeño. Entretanto, Nube Roja empezó a hacer ejercicios por su cuenta. Se había propuesto recuperar su antiguo aspecto y, en la pared de su habitación, colgó una fotografía de cuando estaba bien para irse comparando. Todos los días hacía cientos de ejercicios. Aunque casi sin poder, salía a la calle solo para ir a ver a los diferentes chamanes que su madre le buscaba. Tenía problemas para recordar el camino de vuelta pero, si algo le sobraba a Nube Roja, era coraje para hacer frente a las dificultades. Al principio le costaba más encontrar las cosas, pero cuando se sentía perdido preguntaba a la gente y ya está. Como su andar era titubeante, a veces llegó a caerse al suelo, pero él se levantaba con mucho esfuerzo y, como si nada hubiera pasado, continuaba su camino. Prefería que nadie le ayudara; quería solucionar sus problemas por sí mismo sin depender de nadie.
Así siguieron las cosas por mucho tiempo hasta que un día  su padre, desde el cielo, le mandó a un ángel para que les ayudara. Una mañana sonó el teléfono en casa de Hierba buena. Ella lo cogió, y una voz desconocida de un león le dijo que estaba reuniendo a todos los familiares de aquejados por daño cerebral. Le preguntó si quería formar parte de la Asociación y ella contestó inmediatamente que sí. Al colgar el auricular, un profundo suspiro brotó de su boca y unas lágrimas mezcla de alegría y dolor manaron de sus ojos.  Y dio las gracias a Dios por escuchar sus plegarias. Tras muchas vicisitudes, aquel grupo de familiares consiguió fundar ATECEA (Asociación de Traumatismo Encéfalo Craneal y Daño Cerebral). Consiguieron, no sin mucho sacrificio, dar a conocer y avanzar en el estudio de algo que hasta entonces era tan desconocido. Cuando Nube Roja estuvo mejor, se alistó para dar charlas sobre prevención vial en los colegios. Le gustaba sentirse útil para los demás. No fue fácil y, aunque aún le quedaban secuelas de aquel tremendo accidente, Nube Roja aprendió a asumir su nueva vida. Y lo más importante, aprendió que toda vida es digna de ser vivida.  
                     

                                           FIN

jueves, 28 de agosto de 2014

LA SEGURIDAD DE FEDERICO

AGOSTO DESCEREBRADO

ATECEA publica nueva entrada en su proyecto CUENTOS DESCEREBRADOS gracias a la colaboración de Venancio Rodriguez, el cuál junto a usuarios de nuestra Asociación, darán a luz historias en formato cuento, los cuales narrarán vivencias, sueños e ilusiones que viven o han vivido nuestros usuarios. Ilusionados con el proyecto, os dejamos el octavo cuento desarrollado con RAFAEL GERICÓ.


Rafael Gericó

LA SEGURIDAD DE FEDERICO

Había una vez una tortuga que se sentía muy segura de sí misma. Y vosotros os preguntareis, seguramente, a qué era debida esta seguridad. Pues bien, a continuación voy a contaros la historia de la tortuga Federico y sabréis a qué me refiero:
Resulta que Federico, después de muchos sacrificios, había conseguido pagar su vivienda. Y esto le proporcionaba mucha confianza. ¡Cómo! ¿Que no sabíais que las tortugas también pagan hipoteca? Pues sí, debéis de saber que todas las tortugas no solo tienen que pagar mensualidades al banco, sino que también pagan el impuesto sobre los bienes inmuebles y  demás cargas que como todo propietario cotiza al Ayuntamiento por tener un bien en propiedad. Bueno, a decir verdad, hay dos cosas que no pagan, una de ella es la comunidad y la otra es el ascensor. Pero esto es por razones obvias que son fáciles de comprender, pues  todas las tortugas viven en el entresuelo del chalet que remolcan. Pero por lo demás, como cualquier hijo de vecino. Como os iba diciendo, resulta que esta confianza que le aportaba tener la vivienda en propiedad le repercutía en muchos aspectos de su vida. Le repercutía por ejemplo en el caminar. Desde que Federico había terminado de pagar el último recibo de la hipoteca su forma de caminar había ganado prestancia, no sé cómo explicarlo. Había ganado, había ganado más aplomo, ¿me comprendéis? Antes su paso carecía de estilo, era un paso  pausado y torpe, ¡puf! Ahora era ligero como si no pesara nada. En dos palabras, más elegante. Por otra parte, las notas en el colegio habían experimentado una considerable mejoría. Aquel aporte de firmeza le repercutía en el poder de concentración y retención de las lecciones. También se le conocía aquella mejora en el éxito con las hembras,  debido a que había aumentado de forma exponencial. Antes no se comía una rosca. Las féminas lo evitaban y, después de adquirir la vivienda no paraba de salirle rollos con bellas tortugas que antes ni se le hubiera pasado por la cabeza atacarles. Y mucho menos  proponerles eso, eso que ya saben... Otra de las cosas que había cambiado era el gusto por los deportes de riesgo. Y esto fue lo que le iba a trastocar el curso de su vida. Me explico: resulta que a raíz de ir más suelto económicamente se apuntó en una Asociación de Montañeros para practicar eso que llaman "puenting", (para el que no lo sepa, el "puenting" es aquella actividad lúdica que consiste en que sus practicantes se tiran desde un puente). Pues bien, uno de los domingos que subieron a uno de ellos para practicar este deporte,  después de que sus amigos saltaran, se puso el arnés, se encordó a toda prisa, ató el extremo de la cuerda a la barandilla, se encaramó al filo del precipicio y saltó. Como estaba un poco gordito y  la cuerda era elástica, cuando la soga llegó a su máxima extensión, cedió más de lo previsto y  fue entonces cuando se golpeó contra las rocas partiéndose en dos su concha.
Federico se quedó desnudo y sin casa. Tenía  entonces 10 años, que para una tortuga significa todavía estar en la infancia. Cuando sus compañeros lo vieron allí tirado en el suelo temblando de frío y con un ataque de longevidad aguda con temblores aritméticos acompasados, se asustaron tanto que bajaron rápidamente a socorrer a su amigo. Intentaron meterlo en el coche para llevarlo al Hospital a toda prisa. Pero, aquello no hizo más que aumentar por 10 las consecuencias de aquel aparatoso accidente. Una vez se repuso de la crisis y de las pequeñas heridas que le produjo el percance, Federico volvió a su casa enfundado en dos camisetas. Pero ya no sería nunca más aquel Federico que desbordaba seguridad en sí mismo. Ahora todo le producía temor. Ahora era un mar de dudas. Ahora ya nada era igual. Aquel golpe no solo le quitó su casa sino que le rompió por dentro.  Debajo de aquel puente se quedó la llave de su triunfo en la vida que era la fe en sí mismo. Cuando se enfrentaba a un examen, se quedaba en blanco a pesar de que se lo había preparado a conciencia. A partir del accidente el éxito con el sexo opuesto fue disminuyendo paulatinamente hasta quedar en nada. A partir de aquel horrible día su andar volvió a ser tan aparatoso como antes de la compra de su chalet, he incluso se podría decir que caminaba peor. En fin, cuantos más fracasos tenía Federico, su autoestima más bajaba y más nervioso se ponía cuando tenía que enfrentarse a las dificultades. Y cuanto más nervioso se ponía al enfrentarse a los problemas, peor le salían las cosas. A partir del  aquel incidente se refugió en la familia y especialmente en su padre al que idolatraba. Nuestra tortuga entró en una espiral de la que era imposible salir  sin ayuda. Pero no encontraba una mano amiga que le comprendiera. Los sucesivos fracasos fueron frustrando sus deseos de terminar una carrera a pesar de que era un estudiante excelente. A los 15 años le volvieron a repetir los ataques de longevidad aguda con temblores aritméticos acompasados, pero esta vez eran más fuertes y más habituales. Acudió a infinidad de chamanes y todos le dijeron que su enfermedad le acompañaría toda la vida a no ser que consiguiera encontrar la flor blanca de la paz. Le dijeron que aquella flor sólo crecía en un jardín en la más alta cumbre de lo profundo de cada ser vivo. Y que para encontrarla, tenía que emprender un largo y peligroso viaje hacia su interior. A lo que él preguntaba:
−Sí, bueno, pero ¿dónde se coge el billete? ¿Dónde está la estación para ir hacia adentro? ¿Cómo se hace eso?
Pero nadie tenía las respuestas a estas preguntas. A los 16 años empezó a trabajar en primer lugar recogiendo fruta. Después repartiendo la correspondencia bancaria. Más tarde en la logística de una almacén alimenticio, pero en ninguno de ellos duró mucho tiempo porque cuando se daban cuenta de su problema, o lo echaban, o él mismo se iba sin esperar a que sus jefes lo pusiera de patitas en la calle. Pero aquí no terminaron sus problemas porque, como es natural, un día su padre murió y más tarde su madre. Entonces, Federico se quedó solo. Ya no tenía a nadie a quien acudir cuando estaba triste y desamparado. Bueno sí, tenía una hermana que estaba casada y con hijos, pero ella tenía sus propios problemas y aunque en algunas ocasiones le ayudaba, Federico no quería abusar de la buena voluntad de ésta. Así que cuando cumplió los 25 años, partió a la búsqueda de aquella flor blanca que los chamanes le habían nombrado, aquella flor que estaba dentro de él. Cruzó montañas. Cruzó océanos. Anduvo por selvas, desiertos, estepas y conoció todo tipo de culturas y seres vivos. Hasta que un día; tuvo la suerte de parar en un  poblado en el que vivía alguien que sí  conocía estas flores. El poblado estaba en el fondo de un valle precioso cuyo nombre era  Nuria. En el lugar reinaba una paz y una armonía realmente misteriosa. Se llamaba Atecea, allí  encontró a una ardilla druida que adornaba su testa con un gorro puntiagudo, vestía túnica blanca y portaba en su mano un palo largo a modo de báculo. Ésta  nada más verlo, con voz fina, le dijo:
−No temas. Sé lo que buscas y yo te puedo mostrar el camino.
Al oír éstas palabras, Federico se asustó pues aquel roedor arborícola no le conocía de nada. Pero así fue. En un principio no estaba muy convencido de las buenas intenciones de la maga.  Pero poco a poco y día tras día fue comprobando que lo que le decía la extravagante druida surtía efecto para bien. Fueron muchos los kilómetros que tuvieron que recorrer juntos dentro de Federico. Fueron muchos los peligros a los que se  tuvieron que enfrentar. Y a medida que se acercaban al lugar en donde se encontraba ese jardín al que se referían los chamanes de su infancia y adolescencia, la tortuga iba sintiendo dentro de su corazón  un calor inusitado. Un calor que nada tenía que ver con el bien estar que sintió al tener su chalet pagado. Era una seguridad que no nacía de la posesión de algo sino que era una certeza en sí mismo, en su desnudez, por lo que él era sin bienes inmuebles, sino en cuerpo y alma. Y entonces, un día apareció la flor ante  él,  y se dijo Federico a sí mismo:
−Si siempre había estado ahí, ¿cómo es posible que nunca la hubiera visto? Gracias a Dios por mi historia. Gracias a Dios que he encontrado este valioso jardín y esta flor maravillosa. Gracias a Dios que he vuelto a mi hogar...
Y esta es la historia de la tortuga Federico. Y dicen, los que le conocieron, que se quitó una camiseta y comprobó que erar muy bueno jugando al fútbol. Y a pesar de ser pobre y estar desnudo, se sentía la tortuga más rica del mundo. Y colorín colorado, esta historia, todavía no ha terminado.
                                                                         

   FIN


Ilustración Ángel Joven